Manejé 3 horas para sorprender a mi esposo, pero el guardia me dijo: “Su esposa está arriba”. Entonces vi a otra mujer usando mi medalla militar…

PARTE 3

La abogada se llamaba Mariana Treviño y tenía una oficina sobria en Polanco, con ventanas enormes y una paciencia que parecía entrenada para ver caer imperios.

Escuchó a Claudia durante 40 minutos.

Al final no preguntó si quería divorciarse.

Preguntó otra cosa.

—Coronela, ¿usted sabe quién administra sus inversiones, sus propiedades y sus acciones dentro de la empresa?

Claudia sintió vergüenza antes de responder.

—Arturo.

Mariana asintió como si ya lo hubiera imaginado.

—Entonces esto no es únicamente un problema matrimonial.

Llamaron a un contador forense llamado Ernesto Olvera. Era un hombre delgado, silencioso, de esos que encontraban tragedias entre números.

3 días después llegó con 4 carpetas.

Claudia vio las carpetas y supo que ninguna traía buenas noticias.

Ernesto explicó con calma: pagos de consultoría a empresas relacionadas con Renata, contratos de imagen sin resultados, rentas pagadas por la empresa para un departamento que ella usó antes de mudarse a la casa de Claudia, donativos de la fundación militar desviados a proveedores inexistentes.

—¿Cuánto? —preguntó Claudia.

Ernesto miró a Mariana.

—Entre 70 y 95 millones de pesos, según los registros preliminares.

El número no la hizo llorar.

La traición sí.

Porque aquello no era un error ni una pasión desordenada. Era una estructura. Requería firmas, cuentas, juntas, silencios comprados.

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