Al salir de la habitación, una idea me rondaba la cabeza: ¿y si a veces fuéramos como esa pequeña crisálida? ¿Y si ciertos periodos confusos de nuestras vidas no fueran señales de que todo iba mal, sino etapas invisibles de una transformación más profunda?
Quizás los momentos que más nos asustan son precisamente los que nos preparan para convertirnos en otra persona. Quizás lo que hoy percibimos como un problema sea en realidad el comienzo de un cambio que agradeceremos mañana.
Esa noche, creí haber descubierto algo inquietante en el suelo de mi sala. En realidad, había descubierto algo sobre nosotros mismos. Y lo que aprendí después, al intentar comprender el origen de esa misteriosa crisálida, resultó aún más sorprendente que su presencia.