Fue casi vergonzoso. Ni monstruo, ni parásito, ni desastre inminente, solo una crisálida de escarabajo, atrapada en plena metamorfosis en el suelo de nuestra sala. Todo ese miedo se había dirigido a algo frágil, latente, que se transformaba silenciosamente.
Durante unos minutos, nuestra imaginación evocó los escenarios más inquietantes. Visualizamos lo peor, convencidos de que el peligro había invadido nuestro hogar. Sin embargo, la realidad era muy distinta. Allí, ante nuestros propios ojos, se encontraba una pequeña criatura realizando uno de los fenómenos más extraordinarios de la naturaleza: una transformación.
Al observar con más detenimiento, comprendí lo engañosas que pueden ser las apariencias. Lo que había parecido extraño y amenazante era, en realidad, solo una etapa de la vida, un paso necesario entre lo que era y lo que estaba por venir. El miedo había dado paso a la curiosidad, y luego al asombro.
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