Había maestros.
Mecánicos.
Niños.
Comerciantes.
Familias completas.
Personas que no lo habían visto en años.
Personas que nunca imaginaron cuánto había significado para sus vidas.
Después del funeral regresé a casa y recordé el sobre.
Mis manos temblaban cuando lo abrí.
Dentro había una sola carta.
Decía:
“Querida vecina:
Si estás leyendo esto, significa que por fin volví a encontrarme con Elena.
Quiero pedirte un último favor.
No dejes que las bugambilias desaparezcan.
No porque sean flores.
Sino porque representan algo mucho más importante.
Representan que incluso después de perder a quienes amamos, seguimos teniendo la capacidad de compartir belleza con los demás.
Durante mucho tiempo pensé que estaba completamente solo.
Pero estaba equivocado.
Cada mañana escuchaba tu escoba.
Escuchaba tus pasos.
Y sabía que había alguien cerca.
Luego entraste a mi casa.
Y me devolviste algo que creía perdido para siempre.
La amistad.
Gracias por recordarme que todavía pertenecía a este mundo.
Con cariño,
Samuel.”
Terminé la carta llorando.
Han pasado casi tres años desde entonces.
Las bugambilias siguen creciendo sobre la cerca que compartimos.
Todos los miércoles sigo sentándome en aquel porche con una taza de café.
A veces sola.
A veces acompañada por algún vecino.
Y cada vez que las flores dejan caer algunos pétalos sobre mi entrada, sonrío.
Porque ya no veo hojas secas que limpiar.
Veo el recuerdo de un hombre bueno que me enseñó una lección que jamás olvidaré:
Las mayores tragedias de la vida no siempre son la enfermedad o la muerte.
A veces son la soledad.