LLEVABA MESES MOLESTA PORQUE EL ANCIANO DE AL LADO DEJABA QUE SUS ENORMES PLANTAS LLENARAN MI ENTRADA DE HOJAS SECAS. AYER ENTRÉ A RECLAMARLE PORQUE SU PERRO NO PARABA DE LLORAR.

Era casi otoño.

Las bugambilias estaban más hermosas que nunca.

Don Samuel me pidió que lo ayudara a sacar una vieja caja de madera del armario.

Dentro había decenas de cuadernos.

Álbumes de fotos.

Cartas.

Y recortes de periódicos.

Pasamos horas revisándolos.

Entonces encontré un sobre amarillento con mi nombre escrito al frente.

Fruncí el ceño.

—¿Qué es esto?

Don Samuel sonrió.

—Lo escribí hace unas semanas.

—¿Para mí?

Asintió lentamente.

—Ábrelo cuando ya no esté.

Sentí un escalofrío inmediato.

—No diga eso.

Pero él simplemente sonrió.

—Todos tenemos una fecha, vecina.

Prométame que lo leerá.

No me gustó aquella conversación.

Pero terminé prometiéndoselo.

Durante los meses siguientes seguimos compartiendo cafés y conversaciones.

Sin embargo, el invierno fue duro.

Su salud comenzó a deteriorarse.

Cada vez caminaba más despacio.

Se cansaba con facilidad.

Y aunque intentaba ocultarlo, todos sabíamos que algo estaba cambiando.

Una mañana de enero recibí una llamada del hospital.

Mi corazón se hundió antes incluso de contestar.

Cuando llegué, encontré a don Samuel descansando tranquilamente.

Parecía en paz.

Tomé su mano.

La misma mano que meses atrás había apretado la mía mientras esperaba una ambulancia.

Abrió los ojos lentamente.

—Gracias por entrar aquel día.

Las lágrimas comenzaron a correr por mis mejillas.

—Gracias por dejarme entrar.

Sonrió.

Miró hacia la ventana.

Y susurró algo que jamás olvidaré.

—Ahora Elena ya no tendrá que preocuparse por mí.

Horas después falleció tranquilamente.

El barrio entero acudió a despedirlo.

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