PARTE 1
“¡SUÉLTENLA! ¡ELLA NO HIZO NADA! ¡LA VERDADERA ASESINA ESTÁ SENTADA AHÍ!”
Las pesadas puertas de madera del Palacio de Justicia en Monterrey se abrieron con 1 estruendo que hizo eco en las paredes de mármol, sonando casi como 1 disparo. El juez, que tenía el mazo suspendido en el aire a 1 segundo de dictar sentencia, se quedó completamente congelado.
Todas las miradas de la sala número 4 se giraron de golpe.
En la entrada, 1 niña de apenas 7 años luchaba por recuperar el aliento. Llevaba el uniforme escolar sucio, los zapatos llenos de lodo y el cabello oscuro pegado al rostro por el sudor y las lágrimas. Era Sofía Garza, la única heredera del imperio inmobiliario de Arturo Garza, 1 de los hombres más poderosos y ricos del norte de México.
La pequeña no dudó. Avanzó corriendo por el pasillo central, esquivando a 2 guardias de seguridad que intentaron detenerla. Sus pequeños pasos resonaban en el suelo frío mientras se dirigía directamente hacia el banquillo de los acusados.
Ahí estaba sentada Carmen.
Carmen, de 45 años, originaria de 1 colonia humilde en Escobedo, llevaba 6 meses viviendo 1 infierno. Durante todo ese tiempo, había estado encadenada a 1 acusación que le estaba destrozando el alma. La prensa, los fiscales y la alta sociedad regiomontana la habían tachado de ser 1 sirvienta resentida, 1 mujer ambiciosa que había envenenado a su patrón para robarle joyas y efectivo. Había perdido 15 kilos; su rostro estaba pálido y sus manos, esposadas, temblaban sin control.
Pero al ver a la niña, a la pequeña que había criado como si fuera su propia sangre, a Carmen se le escapó 1 sollozo que le desgarró la garganta.
“Sofi… mi niña…”, susurró Carmen, intentando estirar sus manos atadas hacia ella.
Sofía se detuvo frente a la niñera. Tenía los ojos hinchados y rojos, pero su mirada transmitía 1 valentía feroz que ninguna criatura de su edad debería verse obligada a tener. Se giró lentamente, dándole la espalda a Carmen, y levantó 1 dedo tembloroso hacia la primera fila del lado de las víctimas.
“Fue ella”, gritó Sofía, con 1 voz que rompió el silencio sepulcral de la corte. “Fue Valeria.”
El impacto de esas 2 palabras golpeó a todos los presentes. Las cámaras de los reporteros relampaguearon. Todas las cabezas apuntaron hacia Valeria, la viuda de 28 años.
Valeria estaba vestida con 1 traje negro de diseñador, impecable, con 1 collar de perlas y gafas oscuras que se acababa de quitar. Durante los últimos 6 meses, había dado 10 entrevistas en televisión nacional, llorando desconsolada, exigiendo la pena máxima para la niñera de su esposo.
Ante la acusación de la niña, Valeria no movió ni 1 solo músculo, pero su rostro perdió todo el color, volviéndose tan blanco como el papel.
“¡Orden! ¡Silencio en la sala!”, exigió el juez, golpeando el mazo 3 veces seguidas.
Los murmullos estallaron. 1 de los miembros del jurado se llevó las manos a la cabeza. El fiscal de distrito se puso de pie rápidamente, sudando frío.
Sofía metió su pequeña mano en el bolsillo de su falda escolar y sacó 1 teléfono celular viejo, de esos que ya nadie usa, envuelto en 1 funda de plástico rota. Lo apretó contra su pecho como si fuera el tesoro más grande del mundo. Miró fijamente al juez, y con 1 seguridad aterradora, pronunció las palabras que paralizaron la sala entera:
“Yo estaba escondida… y lo grabé todo.”
Nadie en esa sala estaba preparado para lo que iba a salir de esa pequeña pantalla; el aire se cortó de tajo, dejando la escalofriante sensación de que algo inimaginable, algo verdaderamente atroz, estaba a punto de pasar…