—¿Cuándo lo supiste? —preguntó finalmente.
—¿El qué?
—Que ibas a hacer esto. Desde el principio, desde aquella primera llamada tuya.
Pensé en esa noche de marzo, en el borde de la cama, en las tres horas mirando el techo.
—Desde el primer día —respondí.
Carmen asintió despacio.
—Debería darte miedo —dijo, pero sonreía.
—¿Por qué?
—Porque eres el tipo de persona que pierde todo con una sonrisa mientras ya tiene el siguiente movimiento calculado.
Me detuve frente a mi auto, ese auto modesto que no había pedido en el reparto porque no lo necesitaba, y miré el cielo de la ciudad que por primera vez en mucho tiempo me pareció completamente despejado.