Mi padre dejó escapar un sonido que no era humano, un gruñido bajo y gutural de pura agonía. Se abalanzó hacia Patricia, pero el consejero de la escuela y el guardia de seguridad, que había estado esperando afuera, intervinieron.
“No la toque, señor. Gómez”, advirtió el director. “La policía ya está en camino. Los llamamos hace diez minutos”.
La Sra. Rebeca Rivas finalmente perdió la compostura. La bolsa de diseño se le escapó del hombro, golpeando el suelo con un golpe apagado. “¡Esto es una configuración! ¡Ese video está manipulado! ¡Mi hijo es menor de edad, no puedes usar esto!”
“En realidad,” respondió el director con calma, “su hijo tiene dieciocho años. Se quedó un año atrás, ¿recuerdas? Y como es un adulto, y este video sugiere una conspiración para cometer un crimen contra un menor, Valeria, la ley es muy clara”.
Mateo parecía que estaba a punto de vomitar. El “Golden Boy” del equipo de fútbol se había ido. En su lugar había un niño aterrorizado cuyo privilegio finalmente había golpeado una pared que no podía escalar.
El Mensajero Misterioso
“¿Quién envió el mensaje, Valeria?” Mi madre preguntó, su voz temblaba mientras agarraba mi teléfono.
No podía hablar. Acabo de señalar la pantalla. Mi madre leyó el texto en voz alta: “Tu bebé no fue el primero”.
La habitación se quedó quieta de nuevo. La cara de la tía Patricia se volvió de pálido a un gris enfermizo.
De repente, la puerta de la oficina se abrió de nuevo. Una chica entró. Ella era una persona mayor, alguien que apenas conocía: Lucia, la chica tranquila que se sentó en la parte trasera de la biblioteca. Sostenía una pila de viejos diarios.