Sebastián nació en noviembre, sano y con los ojos oscuros de alguien que yo trataba de no recordar. Trabajé. Estudié de noche durante cuatro años hasta que terminé la carrera de administración. Construí una empresa pequeña de consultoría que con el tiempo dejó de ser pequeña. Compré una casa con jardín en una zona tranquila. Crié a mi hijo de la manera más honesta que supe.
A Sebastián le dije, cuando fue suficientemente grande para preguntar, que su padre había sido alguien que no podía estar en su vida, que no era culpa de nadie, y que la familia somos nosotros dos más la gente que elegimos tener cerca. Aceptó esa respuesta con la adaptabilidad que tienen los niños que no conocen otra versión de la historia.
De mi familia no supe nada durante cinco años. Luego, ocasionalmente, mi madre escribía mensajes breves que yo respondía con brevedad similar. Mi padre nunca escribió. Valeria tampoco.
Supe, por mi madre, que Valeria y Nicolás habían terminado. Que Valeria había estudiado periodismo. Que mi padre había tenido un problema cardíaco menor pero estaba bien. Información fragmentada, de las que llegan cuando alguien quiere mantener un hilo sin jalar demasiado de él.
Nunca volví a casa. Nunca invité a nadie a la mía.
Hasta que llegaron sin avisar.
Eran las doce y diecisiete de la madrugada cuando el sistema de seguridad activó la alerta en mi teléfono.
Revisé la cámara del porche desde la cama, todavía medio dormida, y me senté de golpe.