Yo estaba sonriendo en un jardín lleno de flores.
Pero no era yo.
Era una mujer idéntica a mí.
Exactamente idéntica.
Misma sonrisa.
Mismos ojos.
Mismo cabello.
Hasta la pequeña cicatriz sobre la ceja izquierda.
Sentí que las piernas me fallaban.
—¿Quién es ella?
La recepcionista tragó saliva.
—Su nombre era Laura.
—¿Era?
—Murió hace dos años.
Un frío recorrió todo mi cuerpo.
—Eso es imposible…
—Lo sé.
Miré nuevamente la fotografía.
Era como observar mi propio reflejo.
—¿Y qué relación tiene con él?
La mujer bajó la mirada.
—Era su esposa.
Mi corazón se hundió.
De pronto comprendí.
La tarjeta rechazada.
La nota.
La actitud nerviosa de la mesera.
Todo.
—¿Él me invitó a salir porque me parezco a ella?
La recepcionista no respondió.
Y ese silencio fue peor que cualquier respuesta.
Las lágrimas comenzaron a acumularse en mis ojos.
Me sentí utilizada.
Engañada.
Como si toda la noche hubiera sido una mentira.
Entonces escuché una voz detrás de mí.
—No.
Me giré.
Era él.
Se había quedado parado en el pasillo.
Tenía los ojos húmedos.
—No fue por eso.
—¿Entonces por qué?
Guardó silencio unos segundos.
—Porque cuando te vi por primera vez casi me da un infarto.
Miró la fotografía.
—Pensé que era ella.
—Exactamente.
—Lo sé.
—Y aun así me invitaste a salir.
Asintió lentamente.
—Porque después de los primeros cinco minutos entendí que no eras ella.
No dije nada.
—Laura era una persona completamente distinta.
Se acercó un paso.
—Tú haces chistes malos. Hablas demasiado cuando estás nerviosa. Odias el café sin azúcar. Y te ríes tapándote la boca.
Una lágrima rodó por su mejilla.
—Laura no hacía ninguna de esas cosas.
El silencio volvió a instalarse.
—Entonces… ¿por qué estoy aquí?
Él señaló el final del pasillo.
—Porque quería mostrarte algo.
Lo seguí.
Llegamos a una pequeña sala de oncología infantil.
Dentro había varios niños jugando.
En cuanto lo vieron entrar comenzaron a sonreír.
—¡Llegó Marcos!
—¡Marcos!
—¡Marcos!