Humillaron a su exesposa embarazada durante la cena, y luego una simple llamada suya paralizó su imperio multimillonario.
Brendan Morrison miró fijamente su teléfono como si la pantalla lo hubiera traicionado personalmente. La notificación provenía de Morrison Global Holdings, una empresa cuyo nombre adornaba rascacielos de cristal, jets privados, pancartas en galas benéficas y elegantes tarjetas de presentación que todos en la mesa trataban como si fueran una corona familiar. El asunto era breve, brutal e imposible de malinterpretar.