“Por favor… ¿Qué, Neil? Solté de repente. “Está muerta.” ¿Por qué tienes miedo de “fantasma” si realmente lo es? A menos que… No lo es.
El camino al colegio
No recuerdo cómo salí de casa. Solo recuerdo las llaves en mi mano y el hecho de que mis piernas se movían más rápido de lo que podía pensar.
Conducía como en una niebla. Los semáforos en los cruces cambiaban, los coches me pasaban por la izquierda y la derecha, y yo solo registraba una cosa: el latido de mi corazón y esa frase en el auricular.
- “¿Mamá?”
- “Por favor…”
- “Ven a buscarme.”
Aparqué delante del colegio y prácticamente corrí hacia dentro. Conocía este edificio de memoria, aunque durante dos años lo había evitado en un amplio arco, como si las paredes mismas pudieran hacerme daño.
No me detuve en la recepción. No lo expliqué. Fui directamente a la oficina del director, guiado solo por el instinto.
Cuando llegué a la puerta, mi mano quedó suspendida en el aire un momento. Tenía miedo de ver a una chica extraña en un momento. También temía lo contrario.
Abrí la puerta y entré.
En ese segundo, solo entendí una cosa: sea cual sea la verdad, es imposible deshacer una pregunta que ya ha surgido en mi vida. Una vez que escuchas una voz que nunca volvió a existir, todo lo que es “seguro” empieza a tambalearse.
Al final, me quedé con un pensamiento, uno simple y doloroso: en el duelo, uno aprende a vivir sin respuestas, pero a veces una conexión puede abrir todas las puertas cerradas de nuevo. Y entonces tienes que encontrar el valor para mirar dentro y enfrentarte a la verdad, sea cual sea.