Andrés rentó un departamento pequeño en Iztapalapa y consiguió trabajo en una bodega. Me escribió muchas veces. Al principio pedía dinero. Luego pedía perdón.
Tardé mucho en responder.
Un año después, una mañana tranquila, me senté en la terraza con una taza de café de olla. La casa por fin estaba en silencio. No ese silencio frío de cuando alguien te ignora, sino el silencio bonito de un hogar en paz.
La cicatriz de mi frente casi no se veía.