PARTE 2
El patio entero quedó en silencio.
El rector, el doctor Salgado, miró primero el sobre que Valeria sostenía y luego a sus padres, que parecían más furiosos que preocupados.
—Señorita Mendoza —dijo con cuidado—, ¿está haciendo una declaración formal?
—Sí —respondió ella—. Y tengo pruebas.
Graciela soltó una risa falsa, fuerte, de esas que buscan convencer antes de que alguien haga preguntas.
—No le hagan caso. Siempre ha sido dramática. Desde niña inventa cosas para llamar la atención.
Valeria giró hacia ella.
—¿También inventé los créditos educativos que sacaron con mi CURP y mi firma falsificada?
La risa de su madre murió de inmediato.
Un murmullo recorrió el patio. Los fotógrafos, que antes habían bajado sus cámaras, volvieron a levantarlas. No para cubrir una graduación, sino algo mucho más incómodo: una familia deshaciéndose en público.
Valeria respiró hondo.
—Hace 4 años entré a esta universidad con beca parcial. Yo tenía que cubrir el resto. Trabajé desde el primer semestre. Nunca les pedí nada. Pero en segundo año descubrí 3 créditos registrados a mi nombre. Yo no los había solicitado. El dinero fue depositado en una cuenta vinculada a mis padres.
Arturo dio un paso adelante.
—¡Eso es asunto de familia!
Un policía universitario se interpuso.
—Señor, manténgase atrás.
Diego bajó la mirada. Ya no tenía esa sonrisa de hijo consentido. Ahora parecía un niño atrapado con las manos dentro de la caja fuerte.
Valeria abrió el sobre y entregó los documentos al rector.
Ahí estaban los estados de cuenta, las firmas falsas, correos de asesores financieros, comprobantes de depósitos y el reporte de una abogada de la misma universidad que la había ayudado en secreto durante 6 meses.
—Cuando los enfrenté —continuó Valeria—, mi papá dijo que yo les debía por haberme criado. Mi mamá dijo que nadie iba a creerme porque, según ella, yo siempre fui una exagerada. Tenía 19 años, estaba sola, con miedo y sin dinero. Así que hice lo único que podía hacer: seguí estudiando y guardé cada prueba.
Mariana se colocó junto a ella y le apretó la mano.
—Sigue —susurró.
Valeria tragó saliva.
—No solo me robaron. Les dijeron a mis tíos que yo había abandonado la carrera. Que era una drogadicta. Que no quería trabajar. Usaron mi nombre para pagar deudas del negocio fallido de Diego mientras yo dormía en una banca de la terminal después de cerrar la cafetería.
Una mujer mayor abrió paso entre la gente.
Era tía Leticia, hermana de Graciela. Tenía los ojos llenos de horror.
—Graciela… tú me dijiste que Valeria no quería vernos porque andaba perdida.
Valeria sintió un golpe en el pecho. Eso no lo sabía.
Graciela se acercó al templete con lágrimas en los ojos, pero no eran lágrimas de culpa. Eran lágrimas de alguien descubierto.
—Hija —dijo en voz baja—, piensa en tu hermano.
Valeria miró a Diego. Él no dijo nada. Ni una disculpa. Ni una negación.
Ese silencio le respondió todo.
Entonces Arturo tomó a Graciela del brazo.
—Nos vamos.
El rector habló con una firmeza que heló el aire.
—No. La policía municipal ya viene en camino.
Y justo cuando Valeria pensó que nada podía doler más, Diego levantó la cabeza y dijo:
—Ella sabía que ese dinero era para mí.