No tuve más hijos. Durante décadas. Jamás hablé de lo que había ocurrido en aquel campo. No porque quisiera olvidarlo, sino porque nadie quería oír hablar de ello. Hasta 2010, a los 86 años, cuando accedí a conceder una entrevista para un proyecto que conmemoraba a las mujeres olvidadas de la Segunda Guerra Mundial.
Esa fue la primera y única vez que conté toda mi historia. Lo que revelé en esta entrevista va mucho más allá de lo que he dicho antes. Porque lo que les sucedió a mis hermanas y a nuestros hijos no terminó en 1945. Al contrario, fue solo el comienzo. En los próximos episodios de esta serie documental, revelaré secretos que permanecieron ocultos durante casi 70 años.
Secretos sobre el verdadero destino de los niños nacidos en este campo, sobre la red secreta coordinada por Von Steiner, sobre el día en que encontré algo que creía perdido para siempre. Pero antes de continuar: si mi historia te conmueve, si crees que historias como la mía merecen ser recordadas, apóyanos con un “me gusta” y cuéntanos en los comentarios dónde nos estás viendo. Porque la memoria se construye en conjunto, y cada voz cuenta.
Pasé los dos años posteriores al fin de la guerra en una especie de trance. Apenas dormía. No vivía de verdad. Existía como una fotografía amarillenta guardada en un cajón, nunca vista. Aurore había regresado conmigo a Saint-Rémy, pero ya no era la misma. Casi nunca hablaba.
Se sentaba durante horas junto a la ventana, con las manos sobre las rodillas, mirando fijamente algo que solo yo no podía ver. A veces susurraba un nombre, siempre el mismo, el que le había dado a su hijo durante las pocas horas que le permitían tenerlo en brazos. Murió en 1947. El médico dijo que era tuberculosis.