Mientras tanto, los breves mensajes de texto que recibía de mi madre siempre giraban en torno al mismo eje: los preparativos para la graduación de Amber. Briarwood y Northlake celebraban sus ceremonias el mismo fin de semana de mayo, con apenas un día de diferencia. En una de las pocas llamadas que acepté, mi madre asumió, sin siquiera preguntar, que yo asistiría como espectadora al evento de mi hermana. Cuando le mencioné de manera casual que yo también me graduaba ese mismo fin de semana y que debían asistir, se produjo un silencio incómodo al otro lado de la línea. Fue mi padre quien tomó el teléfono. Su voz sonó tan distante y analítica como la noche en que me dejó caer la carta sobre la mesa.
—Iremos a visitarte el domingo por la tarde para una cena rápida, Lauren —dijo, con un tono que no admitía réplicas—. El sábado es el gran día de tu hermana. Ha維持ido un esfuerzo económico enorme para nosotros y Briarwood exige nuestra presencia a tiempo completo. Comprende que es una inversión que debemos cuidar.
No me dolió. Para entonces, el tejido de mi amor propio ya no dependía de su aprobación. Simplemente asentí y colgué. Lo que ellos no sabían, porque nunca se molestaron en preguntar los detalles de mi vida académica, era que la ceremonia de Northlake se celebraría en el gran estadio estatal debido al volumen de graduados, y que las invitaciones de honor que les envié por correo no eran simples pases de grada, sino asientos reservados en la primera fila VIP, cortesía de la oficina del decano para los familiares del orador principal.
El día de la ceremonia, el estadio de Northlake estaba abarrotado. Miles de personas llenaban las gradas con pancartas, globos y flores. Desde los camerinos de los oradores, alcancé a ver la primera fila a través de una rendija. Allí estaban ellos. Mi padre vestía su mejor traje gris y mi madre llevaba un enorme ramo de orquídeas blancas, los colores de la universidad de Amber. Sentada entre ellos, Amber miraba su teléfono con aburrimiento, quejándose probablemente del calor del mediodía. Habían venido, sí, pero con la actitud de quien cumple con un trámite menor después de haber celebrado el “verdadero” éxito el día anterior.
El desfile de graduados comenzó y la música solemne inundó el lugar. Cuando todos estuvimos posicionados, el decano de la universidad subió al podio. Su voz resonó con fuerza a través de los potentes altavoces del estadio, capturando la atención de la multitud.