PARTE 3
Pasé horas en el hospital público sentada sola en una silla de plástico.
Nadie debía enterarse de que estaba allí. Mi abuela odiaba los hospitales desde que mamá murió.
Pero no podía irme.
Necesitaba respuestas.
Finalmente, un médico salió.
—¿Tú eres la niña que lo encontró?
Asentí nerviosa.
—El hombre preguntó por ti.
Entré lentamente a la habitación.
Sin toda la suciedad, el hombre parecía distinto. Seguía delgado y agotado, pero ahora podía verse que alguna vez había sido fuerte.
Tenía ojos verdes.
Exactamente iguales a los míos.
Sentí un escalofrío.
Él tragó saliva al verme.
—¿Cómo te llamas?
—Joana.
Sus manos comenzaron a temblar.
—¿Tu madre era Elena Vargas?
Asentí lentamente.
El hombre cerró los ojos como si aquello le hubiera atravesado el pecho.
—Dios mío…
—¿Quién es usted?
Tardó varios segundos en responder.
—Me llamo Gabriel.
Su voz se quebró.