Al colocarle el tensiómetro digital en el brazo izquierdo para medir su presión arterial, el dispositivo arrojó unos números tan absurdamente fuera de los parámetros humanos normales que el médico pensó de inmediato que se trataba de un fallo técnico de la máquina. Decidió cambiar el aparato por uno manual tradicional de alta precisión para repetir la prueba de forma segura. Al inflar el brazalete y escuchar con el estetoscopio, el rostro del doctor se puso completamente pálido: el paciente registraba una anomalía circulatoria jamás documentada en los registros médicos modernos de Europa, una condición invisible que ponía en riesgo su vida en ese mismo instante pero que su cuerpo lograba camuflar a la perfección sin mostrar fatiga.