PARTE 1
—Si no sabes comportarte en una cena de negocios, mejor vete a sentarte con el servicio.
La bofetada cayó antes de que el mesero terminara de servir el vino.
Durante 1 segundo, el salón privado del restaurante en Polanco quedó muerto. Las copas se detuvieron en el aire, el pianista dejó una nota colgada y 18 empresarios, inversionistas y esposas elegantes miraron a Renata Salcedo con la mejilla girada por el golpe.
La mujer que la había abofeteado no era una invitada cualquiera.
Era Valeria Duarte, la asistente personal de su esposo.
Valeria estaba de pie junto a ella con un vestido plateado, tacones carísimos y esa sonrisa de quien cree que ya ganó una guerra que nadie más sabe que empezó.
—Nadie te enseñó modales, ¿verdad? —dijo Valeria, fuerte, para que toda la mesa la escuchara—. Rodrigo necesita gente que lo apoye, no una esposa que venga a hacer escenas.
Renata giró lentamente el rostro.
La mejilla le ardía.
Los ojos, no.
En la cabecera de la mesa, Rodrigo Ibarra, su esposo desde hacía 10 años, se puso pálido. Pero no porque su asistente hubiera humillado a su esposa frente a inversionistas de Monterrey, Guadalajara y Ciudad de México.
Se puso pálido porque Renata se levantó.
—Renata —murmuró él, apretando la servilleta—. No lo hagas.
Ese fue su primer error.
Renata lo miró.
—¿No haga qué?
Rodrigo abrió la boca, pero no encontró palabras.
Valeria soltó una risa breve.
—¿Ves? Ni siquiera entiendes cuándo debes guardar silencio.
Renata no vestía para competir con ella. Llevaba un vestido negro sencillo, aretes de perla y el cabello recogido con elegancia. No había logos, no había escándalo, no había necesidad de demostrar dinero.
Justo por eso Rodrigo la había subestimado durante años.
Valeria esperaba lágrimas.
Esperaba que Renata bajara la mirada.
Esperaba que, como tantas otras veces, la esposa “discreta” soportara la humillación para no arruinar la noche.
Renata dio 1 paso.
Y le devolvió la bofetada.
El sonido reventó en el salón como una sentencia.
Valeria retrocedió, llevándose la mano a la cara.
Rodrigo se levantó tan rápido que su silla golpeó la pared.
—¿Estás loca? —escupió.
Renata no miró a Valeria.
Miró a Rodrigo.
—Qué pregunta tan interesante —dijo—. ¿Quieres repetirla después de que me presente correctamente?
La mesa quedó helada.
Rodrigo tragó saliva.
La cena era su gran noche. Grupo Ibarra estaba por cerrar la compra de una empresa de software logístico de Querétaro. El acuerdo necesitaba financiamiento puente, y todos en esa mesa creían que Rodrigo había invitado a Renata solo porque su apellido Salcedo abría puertas viejas.
Lo que casi nadie sabía era que Renata no solo llevaba ese apellido.
Ella presidía el comité del fideicomiso familiar que mantenía viva la deuda de Grupo Ibarra desde hacía 4 años.
Rodrigo sí lo sabía.
Su director financiero también.
Valeria, no.
Y Valeria acababa de golpear a la mujer que podía apagar toda la operación antes del amanecer.