PARTE 1
—No tomes ese café —susurró Adriana, pero ya era demasiado tarde.
Beatriz Castañeda levantó la taza de porcelana, dio un sorbo y apenas alcanzó a fruncir el ceño antes de caer de lado sobre el piso del patio. El golpe hizo temblar las cucharitas. Su rosario salió despedido entre las macetas de bugambilia y una de sus sandalias quedó atorada bajo la mesa.
Durante un segundo nadie respiró.
Julián, su hijo, se levantó de golpe. Pero no miró primero a su madre.
Miró las dos tazas.
Después miró a Adriana.
Y ella entendió.
La mañana en aquella casa antigua de Coyoacán había empezado con una calma sospechosa. Pan dulce recién comprado, fruta cortada, las campanas de la iglesia a lo lejos y Julián comportándose como el esposo atento que ya no era desde hacía años. Él mismo había servido el café. Incluso había insistido en ponerle azúcar a Adriana.
—Tómatelo antes de que se enfríe —le dijo con una sonrisa demasiado fija.
Adriana había notado el olor al acercarse la taza a los labios. Era tenue, casi dulce, pero debajo del café había algo extraño, parecido a almendras amargas. Su padre, que había trabajado décadas en una farmacia de pueblo, le enseñó de niña que ciertos olores bonitos podían esconder cosas terribles.
Entonces cambió las tazas.
Lo hizo mientras Julián fue por una servilleta y Beatriz discutía con la muchacha del servicio. Adriana no sabía si estaba exagerando. Sólo sabía que llevaba meses sintiéndose observada, presionada, reducida a una mujer “nerviosa” cada vez que hacía una pregunta.
Ahora Beatriz convulsionaba sobre los mosaicos y Julián gritaba órdenes sin preguntar qué había bebido.
—¡Llama a una ambulancia! ¡Mueve la mesa! ¡No toquen nada!
Cuando Adriana se inclinó hacia la taza rota, él le sujetó la muñeca.
—Te dije que no tocaras eso.
No sonó preocupado.
Sonó furioso.
Los paramédicos llegaron pocos minutos después. Mientras atendían a Beatriz, Julián explicó que su madre padecía hipertensión, ansiedad y “episodios dramáticos”. Respondió cada pregunta antes que nadie. Dijo que todos habían tomado lo mismo.
Adriana lo contradijo por primera vez.
—No todos. Él preparó mi taza aparte.
Julián soltó una risa amarga.
—Mi esposa está confundida. Últimamente imagina amenazas donde no las hay.
En el hospital, un médico informó que Beatriz seguía viva, aunque inestable. Habían encontrado síntomas incompatibles con un simple problema cardiaco y ordenarían estudios toxicológicos.
Julián palideció.
—¿Cuánto tardan los resultados? —preguntó.
No preguntó si su madre despertaría.
Preguntó cuánto tardaría la verdad.
Horas después, cerca de las máquinas de refrescos, arrinconó a Adriana.
—¿Por qué cambiaste las tazas?
Ella sintió un frío profundo, pero sostuvo su mirada.
—Porque esa taza era para mí.
Julián se acercó hasta casi tocarle la cara.
—Acabas de destruirlo todo.
—No. Tú lo preparaste todo.
Él sonrió apenas, sin alegría.
—Si mi madre muere, te voy a convertir en la culpable. Nadie le cree a una mujer histérica.
Adriana salió del hospital por una puerta lateral, protegida por una trabajadora social. Esa noche durmió en casa de su hermana Lorena, en Portales, con el celular vibrando sin parar.
A las seis de la mañana llegó el primer resultado.
Beatriz había ingerido una sustancia tóxica.
Y la policía quería saber por qué la taza destinada a Adriana terminó en manos de su suegra.