Durante años, mis domingos tenían el mismo ritmo tranquilo, y nunca le di vueltas. Creía que simplemente estaba echando una mano a un vecino anciano, sin darme cuenta de lo mucho que importarían esas mañanas ordinarias.
La calle estaba quieta aquella mañana de domingo, ese tipo de silencio que solo encuentras en un suburbio donde todos siguen tomando su primera taza de café. Tenía 28 años, estaba de pie en mi entrada junto al contenedor de reciclaje, viendo caer hojas de arce dos casas más abajo.
Fue el momento más normal de toda mi vida, probablemente por eso se quedó tan claro en mi memoria.