Después señaló una frase.
—“Ofrecer estabilidad”. Tu madre me dijo exactamente eso antes de que te fueras a Monterrey.
La habitación pareció inclinarse.
Claudia Alcázar nunca había ocultado que consideraba a Valeria inadecuada para su hijo. Era hija de una maestra jubilada, trabajaba en una librería y no pertenecía al círculo empresarial de los Alcázar.
El teléfono de Sebastián vibró.
Su madre había enviado un mensaje:
“Tu padre te vio en el parque. Llámame antes de tomar una decisión que no puedas deshacer”.
Valeria palideció.
—Cuando los niños tenían 6 meses, un hombre llegó a mi edificio. Dijo trabajar para una fundación que apoyaba a madres solteras. Sabía nuestros nombres y la fecha del parto.
—¿Cómo era?
—Alto, cabello canoso, abrigo caro.
El padre de Sebastián coincidía con esa descripción.
Valeria había rechazado su ayuda, pero pocos días después descubrió que alguien había pagado 3 meses de renta y dejado pañales frente a su puerta.
—Alguien sabía que existían —susurró Sebastián.
En ese momento, el teléfono de Valeria sonó.
Era Claudia.
Valeria activó el altavoz.
—Creo que ya es hora de dejar de fingir —dijo la mujer con una calma escalofriante.
Sebastián exigió respuestas.
Su madre admitió que recibió la primera carta de Valeria antes que él porque había sido reenviada a una antigua oficina familiar.
—Tomé una decisión que consideré necesaria —explicó.
—¿Falsificaste mi firma?
Claudia guardó silencio.
Antes de responder, alguien llamó a la puerta.
Natalia estaba en el pasillo con el estuche del anillo de compromiso entre las manos.
Junto a ella se encontraba Arturo Alcázar, padre de Sebastián, sosteniendo un sobre viejo dirigido a Valeria.
Arturo entró y se lo entregó.
—Esto debió llegar a tus manos hace 4 años.
Era una carta escrita por Sebastián.
En ella decía que acababa de enterarse del embarazo, que jamás la habría abandonado y que regresaría ese mismo fin de semana.
“Estoy asustado, pero te amo. Si hay 1 bebé o más, también los amo porque son parte de ti. Por favor, permíteme estar presente”.
Valeria comenzó a llorar.
—Te esperé durante 1 mes.
Sebastián sintió que las piernas le fallaban.
—Yo habría vuelto.
Arturo explicó que Claudia había falsificado la primera respuesta. Cuando él lo descubrió, llevó una copia de la carta de Valeria hasta la oficina temporal de Sebastián en Monterrey.
Allí se la entregó a una joven de cabello oscuro que aseguró trabajar con él.
Sebastián nunca la recibió.
—¿Recuerdas su nombre? —preguntó Valeria.
Arturo negó con la cabeza.
Natalia, que había permanecido callada, dio un paso hacia ellos.
—¿Era Allison Creel?
Todos la miraron.
Allison había trabajado para la empresa de eventos de la madre de Natalia. Después consiguió un puesto temporal en el corporativo donde Sebastián trabajaba.
También fue ella quien presentó a Natalia y Sebastián 6 meses después.
Claudia conocía a Allison.
Le había pagado para interceptar la correspondencia, borrar los mensajes de voz y enviar las cartas falsas.
—¿Por qué haría algo así? —preguntó Sebastián.
La voz de su madre volvió a escucharse desde el teléfono.
—Valeria no era la única mujer que te escribió esa semana.
Claudia se negó a explicar más y colgó.
Natalia dejó el pequeño estuche sobre una mesa.
—Los niños pueden ser tuyos —dijo—. No voy a competir con ellos ni con una relación que no terminó, sino que fue destruida por otras personas.
—Natalia, yo no sabía nada.
—Te creo.
Aquellas palabras hicieron que Sebastián se sintiera aún peor.
—Pero no podemos casarnos en 6 días como si esto no hubiera pasado —continuó ella—. Averigua quiénes son esos niños. Descubre quién robó las cartas y decide qué clase de hombre serás cuando conozcas toda la verdad.
Natalia se quitó el anillo y lo guardó en el estuche.
Valeria intentó disculparse.
—No tienes que hacerlo —respondió Natalia—. Tú también fuiste víctima.
Después se marchó.
Arturo confesó que había pagado la renta de Valeria.
La vio una vez cargando 2 portabebés mientras llevaba al tercer niño pegado al pecho. Una bolsa del mercado se rompió en la banqueta y nadie se detuvo a ayudarla.
—Pensé que el dinero podía protegerlos sin destruir más cosas —dijo.
—El dinero pagó la renta —respondió Valeria—. Pero no contestó cuando Lucía preguntó por qué no tenía papá.
Arturo bajó la cabeza.
Por primera vez, el poderoso empresario parecía únicamente un abuelo avergonzado por los cumpleaños que se había perdido.
—¿Él es nuestro abuelo? —preguntó Lucía.
—Tal vez —contestó Valeria.
—Los abuelos deben llevar cinta adhesiva —intervino Nicolás—. Nuestro castillo se rompió.
La inocencia de los niños no arregló nada, pero impidió que el dolor se convirtiera en odio.
Sebastián reservó una suite en un hotel para que Valeria y los trillizos estuvieran seguros mientras investigaban.
Esa noche compró cepillos de dientes, pijamas, juguetes y demasiados bocadillos.
Los niños insistieron en dormir juntos sobre el sofá cama.
Cuando finalmente se quedaron dormidos, Valeria y Sebastián colocaron las 3 cartas sobre una mesa.
La falsa despedida de ella.
El falso rechazo de él.
Y la carta verdadera que nunca llegó.
—Una mentira los dejó sin padre —dijo Valeria.
—Y una mentira me dejó sin hijos.
—No fue una sola mentira. Fue una cadena.
Sebastián solicitó una prueba de ADN para la mañana siguiente.
También contrató a un investigador y pidió revisar los registros del hospital donde nacieron los niños.
Claudia llamó varias veces, pero él no contestó.
Finalmente envió un mensaje:
“No permitas que Allison descubra que viste a los niños. Hay algo sobre las actas de nacimiento que debes conocer”.
Valeria leyó la pantalla.
—¿Qué puede haber en sus actas?
Antes de que Sebastián respondiera, alguien llamó a la puerta.
A través de la mirilla vio a Allison.
Llevaba una carpeta médica.
—Sé que todavía no tienes los resultados —dijo desde el pasillo—, pero antes de reclamar a esos niños necesitas entender algo.
Lucía se movió dormida sobre el sofá.
Sin abrir completamente los ojos, murmuró: