—Por fin. Esa casa es mía —alardeó ante su novia Tara, una influencer de 28 años que pensaba que la filantropía era una marca de joyas—. ¿Puedes creer que la vieja se fue así? Sin pelear. Sin abogados. Nada.
Lo que Andrew no notó fue la expresión del camarero—una leve mueca de incomodidad, como si supiera algo que no debía. El camarero, ex pasante fiscal en una firma donde Margaret había trabajado, reconoció el nombre “Margaret Whitmore”.
Recordaba sus archivos. Su estructura. El genio silencioso que había construido un laberinto financiero que ni los socios podían descifrar del todo.
No dijo nada, claro. Pero lo anotó mentalmente.