PARTE 1
La máquina de soporte vital marcaba un ritmo lento y agonizante en la habitación 412 del hospital privado en Zapopan. Elena estaba atrapada dentro de un ataúd de carne y hueso. Llevaba 12 días sumergida en una oscuridad profunda y espesa, incapaz de mover 1 solo músculo, de abrir los ojos o de gritar. Su mente, sin embargo, estaba dolorosamente lúcida. Podía escuchar todo.
—Tu papá está esperando a que te mueras, mamá… por favor, no abras los ojos.
La voz temblorosa pertenecía a Leo, su hijo de 9 años. El niño estaba de pie junto a la barandilla de metal, apretando la mano inerte de su madre con la misma fuerza con la que solía aferrarse a ella cuando los cohetes tronaban en las fiestas patrias de septiembre.
—Si me escuchas, apriétame poquito, mami. 1 sola vez —suplicó el niño, con las mejillas empapadas en lágrimas.
Elena gritó con toda la fuerza de su alma, pero en el mundo real, su cuerpo permaneció inmóvil. Quería abrazarlo, quería decirle que estaba ahí, pero la traición de su propio organismo se lo impedía. Recordaba vagamente lo que la enfermera había comentado la noche anterior: su camioneta de lujo había caído por un barranco en las peligrosas curvas de la carretera a Chapala. Todos en el hospital murmuraban sobre la tragedia, afirmando que la pobre Elena había perdido el control del volante. Pero en la mente de Elena, el último recuerdo no era la carretera. Era la imagen de Roberto, su esposo, sentado en la cocina de su casa en Puerta de Hierro, empujando 1 documento legal sobre la mesa de mármol con una sonrisa fría. “Firma esto, mi amor. Es solo para proteger el patrimonio de las auditorías de Hacienda”, le había dicho. Ella se negó. Esa misma noche, los frenos de su camioneta dejaron de funcionar.
La puerta de la habitación se abrió bruscamente, interrumpiendo el ruego de Leo.
—¿Qué haces aquí otra vez? —siseó Roberto, bajando la voz para no alertar a las enfermeras, pero destilando un veneno inconfundible—. Ya te explicó el doctor que tu madre no te escucha. Es un vegetal.
—Yo solo quería verla —susurró Leo, retrocediendo 1 paso.
—Vete al pasillo con tu tía Carmen. Ahora.
Los tacones de aguja de Carmen resonaron contra el piso de linóleo. Era la hermana mayor de Elena. La misma mujer que le había tejido trenzas en la infancia, la que le había prestado el velo para su boda y la que, apenas 2 días atrás, había llorado frente a las cámaras de la prensa local jurando que daría su propia vida por ver a su hermanita despertar. El olor a su perfume de diseñador inundó el cuarto, asfixiando el olor a antiséptico.
—Déjalo que llore un rato, Roberto —dijo Carmen, acariciando el cabello inmóvil de Elena con una frialdad espeluznante—. Al rato bajamos a la cafetería, el notario llega en 15 minutos.
—No voy a seguir pagando 1 fortuna diaria por mantener caliente un cadáver —respondió Roberto, cruzándose de brazos.
—Mi mamá va a despertar —sollozó Leo, apretando los puños.
Roberto soltó 1 risa seca y cruel.
—Tu mamá ya se fue, chamaco. Entiéndelo.
Carmen se inclinó sobre el rostro de su hermana, con una sonrisa torcida.
—En cuanto desconectemos a esta inútil, sacamos al niño a Estados Unidos. En Tijuana ya tengo a los contactos para los papeles.
Leo abrió los ojos, aterrado. —¿Me van a llevar lejos?
—A 1 lugar donde dejes de estorbar y hacer preguntas —sentenció Roberto, agarrando al niño del brazo.
—¡Mi mamá me dijo que si algo pasaba le marcara a la licenciada Mendoza! —gritó Leo, intentando zafarse.
El silencio que cayó en la habitación fue absoluto. La licenciada Mendoza era la abogada personal de Elena. La única persona en todo Jalisco que sabía que, 2 semanas antes del accidente, Elena había modificado su testamento por completo.
Roberto cerró la puerta con seguro, sus ojos inyectados en furia.
—¿Qué maldita abogada, Leo?
Carmen metió la mano en su bolso de cuero caro.
—Te lo dije, Roberto. Este mocoso escuchó demasiado. Tenemos que terminar el trabajo hoy mismo.
Nadie en esa habitación imaginaba la pesadilla que estaba a punto de desatarse…