Su hermana tenía miedo.
—No cualquiera sabía que Valeria tomaría esa ruta esa noche —continuó la abogada—. Y no cualquiera se beneficiaba con su muerte.
Sergio soltó una risa forzada.
—¿Beneficiarme? Mi esposa está en coma. ¿Usted se escucha?
—También cambió su testamento —dijo Gálvez.
Renata abrió los ojos.
—Eso es mentira.
—Lo firmó estando perfectamente lúcida —respondió la abogada—. Todo su patrimonio quedó en un fideicomiso para Mateo. Si Valeria muere, ni usted ni Sergio pueden tocar un peso. Tampoco pueden sacar al niño del país ni cambiarlo de domicilio sin autorización judicial.
Sergio perdió el color del rostro.
Renata apretó la mandíbula.
—Ella no tenía derecho a hacer eso.
—Era su dinero —dijo Gálvez—. Sus empresas. Sus propiedades heredadas. Sus cuentas. Todo lo que ustedes querían desaparecer bajo contratos falsos.
Valeria entendió entonces la dimensión de la traición.
No solo querían su fortuna.
Querían quedarse con Mateo.
Encerrarlo en una finca, aislarlo, callarlo, convertirlo en un estorbo vigilado mientras ellos gastaban lo que no les pertenecía.
—Esto se está saliendo de control —murmuró Renata.
Se acercó a la cama, con los ojos fijos en el monitor cardíaco.
—Debimos asegurarnos de que no despertara nunca.
Mateo levantó la mirada.
—Eso ya lo habías dicho antes.
La habitación se congeló.
Sergio giró hacia el niño.
—¿Qué dijiste?
Mateo tragó saliva.
—Los escuché en la cocina. Dijiste que mamá no quería firmar. Y mi tía Renata dijo que una curva en la carretera arreglaría todo.
Renata perdió la máscara.
—¡Cállate, mocoso!
Mateo siguió, con la voz quebrada pero fuerte.
—También dijo que todos creerían que mamá iba cansada. Y que después me llevarían a Querétaro para que dejara de preguntar.
Sergio avanzó hacia él.
—Ven acá ahora mismo.
—No lo toque —ordenó Gálvez.
La puerta volvió a abrirse y entraron 2 policías de la Fiscalía.
—Señora Renata, saque la mano de la bolsa —dijo uno.
Renata sonrió de forma torcida.
—¿Ahora van a creerle a un niño asustado?
—Vamos a creerle a la grabación —respondió Gálvez.
Sergio la miró con odio.
—¿Qué grabación?
—Desde que entré a este cuarto, todo está grabándose.
Renata sacó la mano de la bolsa.
Algo metálico brilló entre sus dedos.
Un bisturí pequeño.
Mateo retrocedió.
Valeria quiso gritar. Quiso levantarse. Quiso arrancar a su hijo de ahí.
Pero su cuerpo solo logró mover la mano otra vez.
Mateo sintió el movimiento.
—¡Mi mamá se movió!
Renata lo vio también.
Y su expresión cambió.
Ya no era miedo.
Era desesperación.
—Si despierta, todos estamos perdidos —dijo.
De pronto empujó a uno de los policías, jaló a Mateo del brazo y lo puso frente a ella como escudo.
—¡Nadie me va a quitar lo que me pertenece!
Sergio retrocedió, pálido.
—Renata, suéltalo.
Ella soltó una carcajada histérica.
—¿Ahora sí tienes miedo? ¡Tú cortaste los frenos!
—¡Porque tú me dijiste cómo hacerlo! —gritó Sergio.
La verdad explotó frente a todos.
Valeria, atrapada en su cama, entendió que sus enemigos no estaban discutiendo.
Se estaban hundiendo entre ellos.
Y justo cuando Renata levantó el bisturí cerca del cuello de Mateo, Valeria abrió los ojos.
PARTE 3
La luz blanca del hospital le quemó las pupilas.
Todo estaba borroso.
Las paredes.
Los rostros.
Las sombras moviéndose de golpe.
Pero Valeria vio lo único que necesitaba ver.
Mateo estaba vivo.
Y Renata tenía un bisturí junto a su piel.
Un sonido salió de su garganta. No fue un grito completo. Fue apenas un gemido roto, áspero, casi animal.
Pero todos lo escucharon.
Mateo giró la cabeza.
—¡Mamá!
Renata se quedó paralizada.
Por 1 segundo, la mujer que había planeado su muerte dejó de ser la hermana elegante, la víctima llorosa, la tía preocupada.
Se convirtió en lo que siempre había sido por dentro: alguien consumida por la envidia.
—No —susurró—. No puedes despertar.