PARTE 1
—Mamá… no abras los ojos. Papá está esperando que te mueras.
Eso fue lo primero que Valeria escuchó después de 12 días atrapada en una oscuridad espesa, como si alguien la hubiera enterrado viva bajo toneladas de tierra.
No podía mover los brazos.
No podía hablar.
Ni siquiera podía llorar.
Solo escuchaba el pitido constante de una máquina junto a su cama, el aire entrando con dificultad por su nariz y la voz quebrada de Mateo, su hijo de 9 años, pegada a su oído.
—Mamá, si me escuchas… por favor, aprieta mi mano.
Valeria quiso hacerlo. Dios sabía cuánto quiso hacerlo. Reunió toda la fuerza que le quedaba en ese cuerpo roto, golpeado por el accidente, por los medicamentos, por el dolor que le partía la cabeza en dos.
Pero sus dedos no respondieron.
Mateo soltó un sollozo bajito.
—Yo sé que estás aquí, mamá. Yo sé que no te fuiste.
Valeria reconocía cada temblor de esa voz. Era la misma voz que le pedía dormir con la luz encendida cuando tronaban cohetes en septiembre. La misma voz que gritaba “¡mira, mamá!” cuando metía un gol en la cancha del colegio.
Ahora sonaba como la voz de un niño obligado a volverse adulto demasiado pronto.
Una enfermera entró al cuarto y revisó el suero.
—Sigue estable —murmuró—. Es un milagro que siga respirando después de cómo quedó la camioneta en la carretera a Cuernavaca.
Carretera a Cuernavaca.
La frase atravesó la mente de Valeria como un cuchillo.
Todos decían que ella había perdido el control en una curva mojada. Que iba cansada. Que quizá se distrajo. Que la Suburban se fue directo contra el muro de contención y rodó hasta quedar destrozada…