PARTE 2
Don Octavio miraba la libreta como si hubiera visto salir a un muerto de debajo del mármol.
Mi papá pasó las páginas con una lentitud cruel. Cada hoja tenía números, fechas, nombres de proveedores, fotografías pegadas con cinta transparente y anotaciones hechas con su letra pequeña y firme.
—Hace quince años —dijo—, su constructora ganó la licitación del Puente San Miguel, una obra pública de más de ochocientos millones de pesos. En los documentos oficiales declararon acero importado de alta resistencia. Pero lo que compraron fue material de segunda, remarcado, oxidado y barato.
Don Octavio intentó sonreír, pero la boca le temblaba.
—Eso es una locura.
—La locura fue construir un puente por donde pasan miles de personas cada día con columnas recortadas y varillas robadas.
Rodrigo, todavía en el suelo, miró a su padre sin entender del todo. Quizá por primera vez descubría que su apellido no estaba hecho de prestigio, sino de miedo.
Mi papá sacó una fotografía vieja. En ella aparecía un joven con casco de obra, sonrisa limpia y ojos llenos de vida.
—Él era Daniel Ortega. Mi mejor alumno. Recién egresado de ingeniería. Trabajaba como supervisor en una obra de ustedes. Tres días antes de morir, me llamó. Me dijo que había encontrado materiales defectuosos y reportes falsificados.
Mi papá tragó saliva. Nunca lo había visto así. Su voz se quebró apenas.
—Yo le dije que reuniera pruebas antes de denunciar. Que fuera cuidadoso. Tres días después, un andamio se vino abajo. Murieron él y dos albañiles. Y su empresa dijo que Daniel había cometido un error de procedimiento.
Don Octavio ya no tenía color en la cara.
—Usted no puede probar nada.
Mi papá levantó otra hoja.
—Tengo facturas, bitácoras, fotografías, copias de correos y nombres de funcionarios que autorizaron cambios ilegales. Quince años guardando esto, don Octavio. Quince años esperando el momento en que dejara de tener miedo.
El orgullo de la familia De la Vega se desmoronó en minutos.
Don Octavio cayó de rodillas.
—Ernesto… podemos arreglarlo.
—No hay arreglo.
—Le doy dinero. Le doy una casa. Le doy lo que quiera.
Mi papá lo miró con una tristeza fría.
—Su dinero está sucio. Y mi hija no se compra.
Elena, sostenida por Gabriel, lloraba en silencio. No lloraba por Rodrigo. Lloraba por ella misma, por los años perdidos, por las veces que creyó que nadie le creería.
Mi papá se volvió hacia ella.
—Hija, la decisión es tuya.
Elena levantó la cabeza. Tenía miedo, pero también una dignidad nueva, como si entre los golpes hubiera encontrado una fuerza que nadie pudo romperle.
—Quiero divorciarme —dijo—. Y quiero que nunca vuelva a tocarme.
Rodrigo se arrastró hacia ella.
—Elena, perdóname. Estaba borracho. Mi amor, tú sabes que yo…
Gabriel lo detuvo de una patada contra el pecho.
—Ni la mires.
Mi papá dictó las condiciones. Divorcio inmediato. Denuncia por violencia familiar. Devolución de bienes desviados a la amante. Disculpa pública. Y una parte de los documentos del Puente San Miguel sería entregada a las autoridades como seguro.
Don Octavio aceptó todo, sudando, suplicando, besando casi el piso.
Esa noche salimos de la mansión con Elena envuelta en el saco de mi papá. Afuera había dejado de llover. El cielo seguía oscuro, pero el aire olía a tierra mojada, como si algo podrido hubiera empezado a limpiarse.
Yo pensé que todo había terminado.
No había pasado ni media hora cuando el celular viejo de mi papá sonó.
Él contestó.
—Ernesto Salazar.
La voz del otro lado era grave.
—Soy Arturo Beltrán. No cuelgues.
Mi papá se enderezó en el asiento. Arturo Beltrán era secretario de Gobierno del estado, un hombre famoso por perseguir redes de corrupción. Mi papá lo conocía de años atrás, cuando ambos eran funcionarios jóvenes.
—Don Arturo.
—Octavio de la Vega me llamó hace quince minutos —dijo el secretario—. Dice que usted lo está extorsionando con documentos robados. Quiere adelantarse y ensuciarlo antes de que usted hable.
Mi papá cerró los ojos.
—Lo esperaba.
—Mañana a las nueve quiero verlo en mi oficina. Traiga todo. Pero tenga cuidado, Ernesto. De la Vega no es el dueño real de esa obra. Solo fue la cara visible.
Al colgar, el ambiente dentro de la camioneta cambió. Gabriel miró por el retrovisor.
—¿Hay alguien más detrás?
Mi papá no respondió de inmediato.
—Una obra de ese tamaño no se roba con una sola mano.
En ese momento mi celular vibró. Era un mensaje de un número desconocido.
“Dígale al viejo que cierre la boca. Los accidentes pasan rápido.”
Sentí que se me helaba la sangre.
Gabriel tomó mi teléfono, leyó y apretó el volante.
—No fue Rodrigo. Estos son otros.
Mi papá guardó silencio. Su cara seguía serena, pero sus manos temblaban sobre el portafolio.
Al llegar a casa, Elena cayó en brazos de mi mamá adoptiva, doña Carmen, la segunda esposa de mi papá, que la recibió llorando como si hubiera vuelto de una guerra. Nadie durmió.
Al amanecer, mi papá hizo copias de los documentos más importantes. Le entregó un sobre amarillo a Gabriel.
—Tú vas con don Arturo. No uses tu camioneta. Cambia de ruta. No confíes en nadie.
Gabriel asintió.
Pero antes de salir, sonó el timbre.
Cuando abrí, encontré a doña Rebeca, la madre de Rodrigo. La misma mujer que había humillado a Elena durante dos años, estaba de rodillas en nuestra banqueta, sin maquillaje, temblando, con una bolsa de mandado en la mano.
—Por favor —lloró—. Don Ernesto, ayúdenos. Anoche escuché a Octavio hablar con alguien. Dijeron “plan B”. Dijeron que había que limpiar todo. Hasta a Rodrigo.
Mi papá palideció.
“Limpiar” no significaba esconder papeles.
Significaba desaparecer personas.
Mientras los vecinos se asomaban, mi papá improvisó una maniobra. Me mandó a pedir apoyo a la policía municipal, armando ruido para que todos vieran que nuestra casa estaba vigilada. En medio del alboroto, Gabriel salió por la parte trasera, con gorra, chamarra vieja y el sobre pegado al pecho.
Durante una hora recibimos mensajes suyos.
“Voy en camión.”
“Cambié de ruta.”
“Creo que me siguen.”
Luego llegó una foto.
Era Gabriel, tomado desde lejos, cruzando una avenida. El mensaje decía:
“Corre bien tu soldadito. Ya lo tenemos visto.”
Yo grité.
Mi papá agarró el teléfono, pero antes de decir algo, entró una llamada.
Contesté con la garganta cerrada.
Una voz distorsionada habló:
—Hola, licenciadita. Tu hermano está en un lugar alto. Mira por la ventana.
Corrí hacia la sala. Frente a nuestra casa, a unas cuadras, se levantaba un edificio abandonado de concreto gris.
En la azotea, arrodillado junto al borde, estaba Gabriel.
Y detrás de él, un hombre le apuntaba a la cabeza.