“Atiende a mi familia o lárgate de aquí”, me dijo mi esposo durante la fiesta que yo misma había pagado y organizado. Después me empujó a una piscina de agua helada mientras todos se reían. Salí con el rostro ensangrentado, pero no le rogué nada; solo bloqueé mi teléfono y esperé 15 minutos. Cuando anunció que quería divorciarse, abrí la aplicación del vehículo y revelé un secreto que hizo entrar en pánico a toda su familia.

PARTE 1

—Aquí no eres mi esposa; eres la que sirve. Así que deja de hacerte la importante y atiende a mi familia.

Mauricio soltó aquella frase frente a todos, con un vaso de tequila en la mano y una sonrisa que Daniela no le conocía. Pero horas antes, ella todavía creía que estaba preparando el cumpleaños perfecto para el hombre que amaba.

Había rentado una casa de descanso en Valle de Bravo para celebrar los 35 años de Mauricio. Pagó la renta, compró carne para la parrillada, vinos, flores, manteles y hasta preparó durante dos noches un pastel de chocolate con frutos rojos. Casi todo salió de las ganancias de Dulce Horizonte, la pastelería que Daniela manejaba desde su departamento en la colonia Narvarte.

Ese fin de semana también debía terminar un pedido enorme para una empresa de tecnología en Santa Fe: un pastel de tres pisos y 300 cupcakes con logotipo de chocolate. Era el contrato que podía permitirle rentar un taller profesional. Aun así, decidió dejar el trabajo en manos de Abril, su asistente, para dedicarle el día a Mauricio.

El primer problema llegó con una llamada de Ofelia, su suegra.

—Invité a tu tía Rebeca, a los primos de Toluca y a Rogelio con toda su familia. Seremos como 22.

Daniela había preparado lugar para 14.

—Doña Ofelia, no sé si alcance la comida.

—Pues compras más. Y trae coñac del bueno. Mi hermano no toma cualquier cosa.

Daniela respiró hondo y obedeció. Gastó otros 9,000 pesos que pensaba usar en publicidad. Cuando se lo comentó a Mauricio, él apenas respondió:

—No seas complicada. Es mi familia. Compórtate bonito y todo saldrá bien.

A las tres de la tarde comenzaron a llegar los invitados. Nadie llevó más que una botella barata o una bolsa de hielo. Tampoco nadie ofreció ayuda. Daniela corrió entre la cocina, la terraza y el jardín, sirviendo bebidas, calentando tortillas, reponiendo salsas y recogiendo platos.

Mauricio llegó una hora después. La abrazó sin mirarla y enseguida se sentó con sus primos.

—Amor, necesito que me ayudes con la carne —le pidió ella.

—Relájate. Tú organizaste esto. Ve por más pan, que mi tío está esperando.

Ofelia observaba todo desde la cabecera de la mesa, satisfecha. Más tarde entró en la cocina, probó una cucharada del betún del pastel y torció la boca.

—Demasiado dulce. Y eso de vender pastelitos por internet no es un negocio de verdad. Mejor preocúpate por conservar a tu marido.

Daniela apretó los labios. Sacó el pastel, lo llevó a la terraza y todos aplaudieron. Mauricio la besó en la mejilla, pero cuando ella intentó sentarse, Ofelia levantó la voz:

—¿Ya te cansaste? Faltan platos y a Rogelio se le acabó la salsa.

Minutos después, la suegra cubrió los manteles blancos de Daniela con unos manteles floreados que había sacado de una bolsa.

—Así se ve como casa de familia, no como clínica.

—Yo preparé la mesa así —dijo Daniela—. Esta fiesta la pagué y la organicé yo.

Ofelia sonrió con desprecio.

—No confundas las cosas, muchachita. Esta es una reunión de nuestra familia. Tú solo eres la encargada de atender.

Mauricio escuchó la discusión y, en lugar de defender a su esposa, golpeó la mesa.

—Ya basta de drama. No me arruines el cumpleaños. Ve a la cocina y ocúpate de los invitados.

Todos guardaron silencio. Daniela miró al hombre por quien había sacrificado dinero, sueño y dignidad. Aún no sabía que, antes de terminar la noche, ese mismo hombre intentaría destruirla frente a todos.

Daniela todavía no podía creer lo que estaba a punto de ocurrir…

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