—Si no te callas ahora mismo, te juro que mañana a primera hora firmaré los papeles para internarte en un hospital psiquiátrico.
La voz de Santiago Del Valle 2004 sonó helada, cargada con el agotamiento de un hombre que llevaba cuatro noches sin dormir. Era el presidente del Grupo Del Valle, un imperio inmobiliario y hotelero valuado en miles de millones de pesos en Ciudad de México. Pero en ese instante, todo su poder, su dinero y su prestigio no servían de nada frente a los gritos desgarradores de su único hijo.
Estaba de pie en medio del enorme dormitorio de la mansión en Lomas de Chapultepec, mirando a Mateo, su hijo de diez años, encogido sobre el frío piso de mármol. El niño se apretaba el vientre con ambas manos, rodaba de un lado a otro, golpeaba la frente contra la gruesa alfombra y pataleaba desesperado con sus piernas delgadas.