Carmen llegó a la Fiscalía al amanecer, con un abrigo beige sobre la ropa de dormir y la dignidad ofendida de quien cree que el mundo entero le debe disculpas.
—Yo no envenené a nadie —dijo antes de que Irene terminara de presentarse.
La detective se sentó frente a ella.
—Yo no usé esa palabra.
—Dijeron que había medicamento en el té.
—Dije que estamos investigando.
Carmen cruzó los brazos.
—Yo tomo pastillas para dormir. Tal vez la cuchara tenía residuos.
—¿Tritura usted sus pastillas con cuchara?
Carmen no contestó.
Irene puso sobre la mesa una fotografía de la cucharita plateada.
—Forenses encontraron polvo de zolpidem en la cuchara. El mismo compuesto apareció en los restos del té tirado en la cocina.
—Fue un accidente.
—¿Accidentalmente trituró una pastilla y accidentalmente la puso en la bebida de una mujer embarazada?
El rostro de Carmen permaneció firme, pero sus ojos se movieron.
—Estaba cansada.
—Valeria casi muere.
—Yo nunca quise eso.
—Entonces sí puso la pastilla en el té.
Carmen apartó la mirada.
Irene colocó la solicitud de adopción sobre la mesa.
—Usted sabía que Valeria tenía cita con la abogada al día siguiente.
La expresión de Carmen se endureció.
—No tenía derecho.
—El trámite requería el consentimiento de Diego.
—Tiene nueve años. No entiende lo que esa mujer está haciendo.
—¿Qué está haciendo?
—Reemplazando a Lucía.
Irene sacó varias hojas impresas. Eran mensajes del celular de Carmen enviados a Diego.
“Valeria tendrá su propio bebé.”
“No dejes que te haga olvidar a tu mamá.”
“Cuando nazca el niño, tu papá los va a escoger a ellos.”
“No firmes nada que ella te dé.”
También había mensajes anónimos enviados a Valeria desde un servicio en línea:
“Nunca serás su madre.”
“Aléjate del hijo de Lucía.”
“La verdad saldrá si intentas adoptarlo.”
Carmen miró las hojas como si de pronto pesaran toneladas.
—Usted asustó a un niño para que creyera que iba a perder a su familia —dijo Irene.
—Yo lo protegía.
—¿Drogando a su madrastra embarazada?
—Solo quería que se durmiera y perdiera la cita.
Irene se inclinó hacia ella.
—Pudo haber perdido todas las citas del resto de su vida.
Por primera vez, el rostro de Carmen se quebró.
—Usted no sabe cómo fue cuando Lucía murió.
—No —respondió Irene—. Pero sé que el dolor no le da permiso de decidir a quién puede amar Diego.
En el hospital, Valeria logró estabilizarse. Los médicos decidieron no adelantar el parto porque el corazón del bebé volvió a latir con fuerza, aunque ella quedó bajo vigilancia constante.
Diego esperaba en el pasillo. Una trabajadora social le entregó una caja recuperada de la bolsa azul. Dentro estaba el viejo cofrecito de madera que él recordaba del cuarto de su mamá.
Lo abrió.
Había una pulsera de plata de Lucía, tarjetas de cumpleaños, fotos y un álbum incompleto.
En la portada decía:
“PARA EL BEBÉ RAMÍREZ: HISTORIAS SOBRE TU HERMANO DIEGO Y SU MAMÁ, LUCÍA.”
Diego pasó las páginas.
Valeria había pegado fotos de Lucía cargándolo de bebé, enseñándole a andar en bici, haciendo galletas con harina en la cara. Debajo de cada imagen dejó espacios vacíos:
“Historias de Diego.”
Ella no había intentado borrar a su mamá.
La estaba guardando para el bebé.
Al fondo de la caja había una grabadora pequeña. Diego presionó el botón.
La voz de Valeria llenó el pasillo.
—Prueba de audio. Cumpleaños nueve de Diego. No sé si algún día escuchará esto. Tal vez odie la idea. Ojalá Lucía estuviera aquí. Ella sabría hacerlo sentir seguro. Yo me equivoco todo el tiempo.
Hubo una pausa.
—Él cree que moví sus fotos porque no quiero verlas. La verdad es que los marcos tenían humedad. Debí decirle antes de tocar nada. Tengo miedo de que cada vez que hablo, él escuche a una mujer intentando reemplazar a su mamá.
Valeria lloró suavemente en la grabación.
—No quiero su lugar. Solo quiero un lugar junto a su recuerdo, si algún día Diego me deja tenerlo.
Diego apagó la grabadora.
Julián estaba detrás de él, con los ojos rojos.
—Debí darme cuenta —dijo.
—Pensé que si te decía algo, ibas a escogerla a ella.
Julián se sentó junto a su hijo.
—No hay una elección entre tú y Valeria. Los dos son mi familia.
La puerta se abrió. Una enfermera salió.
—Señor Ramírez, su esposa está despertando.
Valeria abrió los ojos bajo la luz blanca del hospital. Lo primero que hizo fue tocarse el vientre.
El monitor respondió con un latido constante.
Vivo.
—Diego —susurró.
—Está bien —dijo Julián—. Él llamó al 911. Te salvó.
Valeria empezó a llorar.
—¿Vio la ambulancia? Después de lo de Lucía, no debía pasar por eso otra vez.
—También vio tus cartas. El álbum. Todo.
Valeria cerró los ojos.
—Debí explicarle antes.
Un golpe suave sonó en la puerta.
Diego entró sosteniendo el álbum contra el pecho.
Julián salió para dejarlos solos.
Valeria miró al niño desde la cama.
—No tienes que acercarte si no quieres.
Diego permaneció junto a la puerta.
—¿Vas a estar bien?
—Los doctores creen que sí.
—¿Y el bebé?
—También.
Él bajó la mirada.
¡Continuará!