PARTE 1
—Su esposo murió hace dos días. Tiene que venir al anfiteatro a reconocer el cuerpo y traer la ropa para el entierro.
Mariana se quedó con el celular pegado al oído, parada en medio de la sala de su departamento en la colonia Narvarte, con la bolsa del mandado todavía colgada del brazo. Acababa de regresar del pueblo, donde su mamá llevaba semanas enferma, negándose a internarse porque, según ella, “en mi casa hasta el dolor se aguanta mejor”.
Mariana había intentado llamar a Ricardo varias veces durante esos dos días. Él no contestó. No era raro: tenía reuniones, clientes, proveedores, ese negocio de autopartes que habían levantado juntos durante siete años de matrimonio. Pero una cosa era no responder y otra muy distinta que un desconocido le dijera que su esposo estaba muerto.
—¿Ricardo? ¿Mi esposo Ricardo? —balbuceó—. No puede ser. Yo lo dejé bien… hace tres días estaba perfecto.
La voz del otro lado no cambió.
—Fue repentino, señora. Necesitamos que venga con documentos. Le voy a dar la dirección.
Mariana anotó como pudo en una libreta vieja, con la mano temblando. Pensó que quizá era una broma cruel. Que llegaría al anfiteatro y Ricardo saldría riéndose, con esa sonrisa que siempre usaba para desarmarla cuando hacía algo mal.
Pero no hubo risa.
En el anfiteatro la recibió un camillero de rostro cansado, un hombre mayor al que todos llamaban don Román. Mariana entregó el traje gris de Ricardo, una camisa blanca y una corbata azul marino.
—¿Puedo verlo? —preguntó, con un hilo de voz.
—Mejor cuando ya esté arreglado, señora. Ahorita no le conviene.
Ella, rota por dentro, aceptó. Pagó lo que le pidieron, firmó papeles que ni siquiera pudo leer bien y volvió a casa para avisar a los conocidos. Todos lloraron, todos dijeron lo mismo: “No puede ser, Ricardo tan joven”, “Mariana, échale ganas”, “Dios sabe por qué hace las cosas”.
Al día siguiente llegó temprano, antes de que empezara el velorio. El ataúd ya estaba preparado. Había flores blancas, una cruz sencilla y el supuesto cuerpo de Ricardo vestido con el traje que ella había llevado.
Mariana se acercó despacio. Le miró la cara. Estaba maquillado, algo hinchado, demasiado quieto. Le pareció distinto, pero se dijo que la muerte cambiaba los rostros.
Hasta que vio el cuello.
Bajo el nudo de la corbata asomaba una cicatriz larga, torpe, como de cuchillo. Mariana frunció el ceño. Ricardo no tenía ninguna cicatriz ahí. Nunca. En siete años de dormir junto a él, de verlo afeitarse, de curarle una quemadura en la mano, jamás había visto esa marca.
Con el corazón golpeándole el pecho, jaló la corbata y abrió un poco el cuello de la camisa.
La cicatriz estaba ahí.
—Este no es mi marido —susurró.
Nadie la escuchó.
Entonces gritó:
—¡Este no es Ricardo! ¿Quién es este hombre?
Don Román entró molesto, agitando unos papeles.
—Señora, aquí están los documentos. Si los documentos dicen que es su esposo, es su esposo.
—¡No me diga eso! —Mariana se volvió hacia los familiares que empezaban a entrar—. ¡Yo conozco el cuerpo de mi marido y este hombre no es él!
La gente comenzó a murmurar. Una tía se persignó. Un amigo de Ricardo se acercó al ataúd y retrocedió pálido.
—Cálmese, señora —dijo don Román, bajando la voz con fastidio—. En estos momentos uno se altera. Llevo treinta años viendo viudas que no quieren aceptar la realidad.
—¡No estoy loca! —gritó Mariana—. ¡Me quieren hacer enterrar a un desconocido!
El mundo le dio vueltas. Sintió que las piernas se le doblaban. Antes de caer, vio algo que nadie en esa sala olvidaría jamás.
El muerto se sentó dentro del ataúd.
Abrió los ojos, respiró con desesperación y miró alrededor como si acabara de despertar en una pesadilla.
Los gritos explotaron por todas partes. Una señora se desmayó. Dos hombres salieron corriendo hacia la calle. Mariana cayó al suelo sin sentido.
Y mientras todos miraban horrorizados al “difunto”, don Román tomó un florero pesado y golpeó al hombre en la cabeza para volverlo a dormir.
Nadie podía creer lo que acababa de pasar… pero eso apenas era el principio.