La mujer que hizo pan con la harina rota
El sol caía sobre San Jacinto del Río como una piedra caliente.
Maribel Quiñones estaba de rodillas en medio de la calle principal, juntando con las manos desnudas la harina que se le había derramado de un costal roto. La carreta se le había ladeado junto a la tienda de abarrotes, una rueda se partió en dos, y el polvo blanco se mezclaba con la tierra, con pequeñas manchas rojas de sus palmas lastimadas.
Todo el pueblo miraba.
Nadie se movió.
Un niño se rió. Un hombre escupió junto al poste del portal. Desde la sombra de la cantina, alguien soltó:
—Miren nomás… ni la mula aguantó cargar con ella.
Las risas corrieron por la calle como agua sucia.
Maribel no levantó la vista. Siguió juntando la harina puñado por puñado, metiéndola en el costal aunque ya no sirviera para venderse. Tal vez aún podía colarla. Tal vez aún podía hacer pan. Cuando una mujer no tiene dinero, aprende a rescatar hasta lo que otros pisan.
—Maribel —dijo doña Cata, la encargada del correo—, hija, no deberías andar cargando sola. ¿Dónde está tu familia?
Maribel apretó la boca.
—Bajo tierra, doña Cata. Usted lo sabe.
En ese momento llegaron cuatro jinetes por la calle. Al frente venía Mateo Ríos, dueño del rancho La Herradura. Tenía treinta y tantos años, la piel quemada por el sol y unos ojos cansados que parecían haber visto demasiadas pérdidas. Detrás venía Bruno, un peón pelirrojo y cruel, que se detuvo al ver a Maribel en el suelo.
—Patrón —se burló—, esa carreta no se rompió. Nomás se rindió de cargar a semejante mujer.
La calle se quedó en silencio.
Mateo bajó la mirada hacia él.
—Bájate del caballo.
—Pero patrón, yo solo…
—Bájate y ayuda a la señora.
Bruno obedeció, pero no se acercó. Se quedó con una sonrisa torcida.
Mateo desmontó, se quitó el sombrero y dio un paso hacia Maribel.
—Señorita Quiñones, permítame…
—No.
Mateo se quedó quieto.
—Solo quería ayudarla.
Maribel levantó por fin el rostro. Tenía harina en la frente, sangre en las manos y una dignidad tan firme que hizo retroceder a más de uno.
—Ya he estado bastante de rodillas hoy, don Mateo. No necesito que un desconocido me levante delante de los mismos que se rieron.
Antes de que él pudiera responder, una voz suave salió desde el portal de la botica.
—Qué escena tan triste.
Silvio Valdés apareció con su traje negro impecable, demasiado elegante para el polvo de San Jacinto. Era prestamista, comprador de tierras y dueño de deudas ajenas. Sonreía como sonríen los hombres que nunca han cargado un costal, pero sí han cargado ruinas sobre otros.
—Señorita Quiñones —dijo—, ya que todo el pueblo está reunido, quizá convenga recordar que su parcela de La Noria lleva dos pagos atrasados.