—Es una imitación buena —dijo el comandante—. Pero no perfecta.
Lucía miró la hoja. La curva de la L era parecida. El trazo largo de Robles también. Quien lo hizo conocía su firma, o la había tenido enfrente muchas veces.
Pero había un detalle que no pudieron copiar.
Desde su primer ciclo de fertilización, la clínica le exigía firmar todos los documentos médicos con sus 2 apellidos completos.
Lucía Marcela Robles Aranda.
El documento falso solo decía Lucía M. Robles.
Doña Graciela tragó saliva.
—Esto es un asunto familiar.
Lucía giró lentamente hacia ella.
—No. Dejó de ser familiar cuando alguien usó mi embrión sin mi consentimiento.
La palabra “mi” le atravesó el rostro a Graciela como una bofetada.
Durante 1 año, esa mujer había presumido a Camila en redes sociales. Fotos con moños rosas, cobijitas bordadas, frases como “Dios premia a las buenas familias” y “Por fin llegó la nieta que merecíamos”. A Fernanda la llamaba “la nuera que siempre soñó”. A Lucía, sin decir su nombre, la describía como “una etapa triste que ya quedó atrás”.
1 año después de mi divorcio, mi exsuegra me vio en una clínica y se burló: “Mi hijo hizo bien en dejarte; ahora sí tiene una hija con tu exmejor amiga.” Yo solo sonreí y pregunté: “¿Eso cree?” Entonces un hombre entró… y ella se quedó blanca.