PARTE 2: Doña Graciela cayó sentada como si las piernas hubieran dejado de obedecerle.
Por primera vez desde que Lucía la conocía, no tenía una frase hiriente preparada. No había burla, ni sonrisa, ni ese tono de señora rica de Las Lomas que usaba para hacer sentir pequeñas a las demás.
El comandante Ocampo colocó la carpeta sobre la mesa baja de la sala.
Dentro había copias del consentimiento de transferencia, el registro del laboratorio, la autorización de descongelamiento y un dictamen preliminar de grafoscopía.
La firma al final decía: Lucía M. Robles.
Solo que Lucía jamás había firmado ese documento
1 año después de mi divorcio, mi exsuegra me vio en una clínica y se burló: “Mi hijo hizo bien en dejarte; ahora sí tiene una hija con tu exmejor amiga.” Yo solo sonreí y pregunté: “¿Eso cree?” Entonces un hombre entró… y ella se quedó blanca.