PARTE 2
Doña Teresa tenía cincuenta y seis años y era viuda.
Solo tenía dos hijos: Emiliano y Julián.
Desde que su esposo murió en un accidente de construcción, ella tuvo que convertirse en padre y madre al mismo tiempo.
No tenía negocio, no tenía riquezas, no tenía a nadie que la rescatara.
Solo le quedaba su fe, sus manos cansadas y la esperanza de que sus hijos algún día pudieran vivir mejor que ella.
LA SOLEDAD DE UNA MADRE QUE RESISTIÓ
Los años siguieron pasando.
Emiliano terminó sus estudios relacionados con la aviación.
Julián fue detrás de él, aferrado al mismo sueño.
Ambos querían volar.
Ambos querían romper el destino de pobreza que parecía perseguir a su familia.
Pero la vida no les abrió el camino de inmediato.
Para seguir avanzando, para pagar certificaciones, horas de vuelo y todo lo que exigía ese mundo tan caro, tuvieron que irse lejos.
Primero a otras ciudades, luego fuera del país.
Trabajaron sin descanso, ahorraron cada peso, soportaron desvelos, nostalgias y años de ausencia.
Antes de partir, abrazaron a su madre con fuerza.
—Mamá, vamos a volver.
—Y cuando lo logremos, tú vas a ser la primera en subir al avión con nosotros.
Doña Teresa sonrió con los ojos húmedos y les acarició la cara como cuando todavía eran niños.
—No se preocupen por mí. Nomás cuídense mucho. Lo único que quiero es que estén vivos y estén bien.
Y desde entonces, ella esperó.
Esperó en silencio.
Esperó entre oraciones.
Esperó entre domingos vacíos, fechas especiales sin abrazos y noches en las que se dormía mirando el techo, preguntándole a Dios cuándo volvería a ver a sus muchachos.
Veinte años.
Veinte años de paciencia.
Veinte años de fe.
EL DÍA DEL REGRESO
Una mañana, cuando el sol apenas comenzaba a iluminar la calle, tocaron a la puerta de su pequeña casa.
Doña Teresa fue a abrir sin imaginar nada.
Y entonces se quedó inmóvil.
Frente a ella había dos hombres altos, rectos, elegantes, vestidos con uniforme de piloto.
Llevaban la mirada firme, el rostro maduro y una emoción temblando en los ojos.
Pero había algo en esas sonrisas que ella reconocería aunque pasaran cien años.
—Mamá… —dijo Emiliano con la voz quebrada—. Ya volvimos.
Doña Teresa se llevó las manos a la boca.
Los miró como si no pudiera creerlo.
Como si temiera que fueran un sueño.
—¿Emiliano?… ¿Julián?…
Ambos asintieron al mismo tiempo.
En sus uniformes se veía el emblema de una aerolínea mexicana.
Traían flores en las manos.
Y en los ojos llevaban las mismas lágrimas que ella.
Doña Teresa se lanzó a abrazarlos y empezó a llorar con todo lo que había guardado durante dos décadas.