Un profundo silencio inundó la habitación.
—Cuando se me acabó el dinero, me desalojaron —continuó en voz baja—. Pasé meses en un albergue para mujeres.
Daniel apretó los puños con fuerza.
—No lo sabía.
—No querías saberlo.
Miró por la ventana.
—Finalmente conseguí un trabajo como limpiadora en un hospital. Entonces, apareció una vieja casa que me había dejado mi abuela. Estaba en ruinas… pero era lo único que nadie podía quitarme.
Daniel bajó la cabeza.
De repente, las flores que sostenía en sus manos le parecieron piedras.
Finalmente, habló.
—La empresa se está desmoronando —admitió—. Whitmore Industries está al borde de la bancarrota.
Emily ladeó ligeramente la cabeza.
—¿Y por qué debería importarme? ¿Por qué?
—Tú eras la verdadera estratega detrás de nuestros mejores proyectos —admitió Daniel. “Sin ti… solo ganaba dinero.”
Emily tomó lentamente las flores de sus manos.
Por un instante, Daniel sintió esperanza.
Luego, las dejó caer al suelo.
“Aprendí algo aquí”, dijo con calma.
“Las flores no llenan el estómago vacío.”
“Las palabras bonitas no pagan las cuentas.”
“Y las promesas no curan las heridas.”
Daniel tragó saliva con dificultad.
“¿Así que no vas a ayudarme?”
“No dije eso.”
Abrió una pequeña caja de madera y sacó una vieja carpeta llena de documentos.
“Estos eran nuestros proyectos inconclusos”, dijo. “Ideas de las que te reíste.”
Daniel hojeó las páginas.
Se le paró el corazón.
Era una estrategia integral para transformar la empresa en un líder mundial en tecnologías sostenibles.
“Eso es genial”, susurró ella.
“Era maravilloso hace diez años”, respondió.
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