UN GRANJERO SORDO SE CASA CON UNA JOVEN OBESA COMO PARTE DE UNA APUESTA; LO QUE ELLA LE SACÓ DE LA OREJA DEJÓ A TODOS ATÓNITOS.

Pero no.

Unas semanas después, estaban casados.

Sin música. Sin alegría. Sin amor visible.

Solo dos almas rotas, unidas por una apuesta cruel.

La vida juntos era… extraña.

Mathieu no hablaba. Élise no sabía cómo hablarle.

Vivían bajo el mismo techo, pero cada uno en su propio mundo.

Sin embargo, había algo que inquietaba a Élise.

Cada noche, Mathieu se tocaba la oreja.

Siempre la misma. Siempre con una ligera mueca.

Un gesto discreto… pero repetitivo.

Una noche, ella se atrevió a hacerle una seña:

—“¿Te duele?”

Él apartó la mirada.

Negativa.

Silencio.

Pero los días pasaban… y el gesto volvía.

Una y otra vez.

Hasta aquella noche.

Una noche fría, en la que el viento silbaba contra las ventanas.

Mathieu estaba sentado, solo, con la cabeza inclinada.

Su mano temblaba levemente junto a la oreja.

Élise se acercó despacio.

El corazón le latía con fuerza.

Puso su mano sobre la de él.

Él no se apartó.

Entonces… por primera vez… ella se atrevió.

Lentamente, muy lentamente… acercó sus dedos a su oreja.

Mathieu cerró los ojos.

Y con un gesto a la vez delicado y vacilante…

Élise sacó algo.

Un objeto pequeño… escondido… profundamente incrustado.

Se quedó inmóvil.

Se le cortó la respiración.

Porque lo que acababa de descubrir…

no era solo inesperado.

Era imposible.

Y aterrador.

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