“Solo me queda un año de vida. Cásate conmigo, dame un hijo y tu familia nunca más tendrá problemas económicos”,

PARTE 3 (FINAL)

Días después decidió regresar a la mansión para exigir respuestas.

—¿Quiénes eran esas mujeres? —preguntó.

El terrateniente guardó silencio durante unos segundos.

—Mujeres a las que amé —respondió—. Ninguna murió por mi culpa.

Le explicó que la gente del pueblo había transformado la tragedia en leyenda. Una había fallecido por una enfermedad, otra en un accidente y otra durante una epidemia. Los rumores habían hecho el resto.

La joven quiso marcharse, pero entonces observó algo que nunca había visto en él: miedo.

No miedo a la muerte, sino a morir solo.

Con el paso de los meses comenzó a conocer al hombre detrás de la fortuna. Descubrió que ayudaba en secreto a familias pobres, financiaba tratamientos médicos y mantenía escuelas rurales sin pedir reconocimiento.

Poco a poco nació entre ellos un afecto sincero.

Pero cuando se cumplió el año anunciado por los médicos, ocurrió algo inesperado. Los nuevos exámenes mostraron que la enfermedad se había detenido. No había desaparecido, pero tampoco avanzaba.
Los especialistas no podían explicarlo.

El terrateniente sobrevivió.

Por primera vez en décadas sonrió como un hombre libre. Ya no vivía contando los días que le quedaban.

Años después, la muchacha y él caminaban juntos por los campos con su pequeño hijo. La pobreza había quedado atrás. La madre estaba sana y el padre trabajaba honradamente.

Entonces ella recordó la propuesta que había cambiado su vida:

“Solo me queda un año de vida. Cásate conmigo y dame un hijo”.

Aquella frase había comenzado como un trato frío y desesperado.

Terminó convirtiéndose en una familia.

Si prefieres un final más oscuro, de misterio o con un giro sobrenatural, también puedo escribir otra versión.

La pobre muchacha tenía apenas veinte años. Sus manos olían a leche y heno, y sus botas aún estaban cubiertas de barro. Vivía en una vieja casa de madera con su madre enferma. Su padre estaba en prisión por deudas que no podía pagar.

En el pueblo circulaban varios rumores, pero lo cierto era que no había quien mantuviera a la familia, no había dinero y, a veces, realmente no tenían nada que comer.

La madre se debilitaba con cada mes que pasaba. Las medicinas eran caras. La niña se levantaba antes del amanecer y trabajaba en la granja hasta que anochecía, pero apenas le alcanzaba para comprar pan. A veces se sentaba junto a la ventana y simplemente miraba el camino, sin saber qué hacer a continuación.

Y fue en ese momento cuando un hombre rico apareció en sus vidas. Tendría unos cuarenta años. Llevaba un traje caro, un coche caro y la mirada penetrante de un hombre acostumbrado a ser aceptado.

Llegó a su casa y dijo con calma, casi con indiferencia:

El resto lo encontrará en la página siguiente.“Ayudaré a tu padre a salir antes de tiempo. Pagaré sus deudas. A tu familia nunca le faltará de nada. Solo cásate conmigo y dame un hijo. De todas formas, moriré en un año.”

Hablaba como si estuviera hablando de comprar un terreno.
La chica guardó silencio. Lo miró a la cara, a su seguridad, y de repente sintió lástima por él. Cuarenta años. Rico. Y aún solo. Repitió que los médicos le habían dado un año como máximo.

La chica aceptó. No por el dinero, eso se decía a sí misma. De todas formas, él moriría en un año. Y su padre saldría de la cárcel, y su madre recibiría tratamiento. ¿Qué tenía que perder?

La boda fue rápida y discreta.

Pero en su noche de bodas, algo le sucedió a la chica que la dejó completamente horrorizada, y a la mañana siguiente huyó de la casa.

Cuando su marido se durmió, la chica no pudo conciliar el sueño. La casa le parecía extraña y fría. Se levantó para caminar por el pasillo y, por casualidad, vio una luz en el despacho. La puerta estaba ligeramente abierta.

Había papeles sobre el escritorio.

No tenía intención de leer los documentos de otra persona. Pero su mirada se detuvo en palabras familiares. Fecha. Firma. Sello de la clínica.

Ella se acercó lentamente.

Ella se acercó lentamente.
Era un informe médico. De hace varios meses. En blanco y negro: salud satisfactoria. Pronóstico favorable. Ni una palabra sobre una enfermedad mortal.

Cerca de allí yacía otro documento: un contrato con un abogado. En caso de nacimiento de un hijo, todos los bienes pasarían al heredero. Si no había hijos, el matrimonio se anularía en el plazo de un año, dejándola sin nada.

Como se supo más tarde, una pariente adinerada suya había fallecido y le había dejado todos sus bienes, pero con una condición: debía ser padre en el plazo de un año.

La utilizaron y le mintieron, explotaron su lástima y luego la echaban a la calle como si fuera un objeto indeseado.

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