Camila se llevó una mano a la boca, como si acabara de darse cuenta de lo que había dicho.
Yo avancé un paso.
—Contesta.
Él tragó saliva.
—Valeria… escucha… tu padre… antes de morir… dejó algunos papeles, pero ya no tenían validez…
—Contesta bien.
Ramiro levantó la vista de golpe.
—¿De qué papeles está hablando?
Alejandro bajó los ojos.
Y entonces, por primera vez desde que todo había empezado, vi algo real en él.
Miedo.
No el miedo de perder dinero.
No el miedo de perder el cargo.
Sino el miedo de que saliera a la luz algo mucho peor.
Yo lo supe antes de que hablara.
Lo sentí en el pecho.
Como un golpe frío.
—Mi padre dejó una cláusula sucesoria privada, ¿verdad? —dije, casi en un susurro.
Alejandro no respondió.
Ramiro se tensó.
—Valeria… tu papá me mencionó una vez que había un anexo testamentario, pero nunca me lo entregó personalmente. Dijo que estaba resguardado en una caja fuera de la empresa.
Miré a Alejandro.
—¿Dónde está?
Él siguió callado.
Entonces uno de los agentes dio un paso adelante.
—Señor, será mejor que coopere.
Alejandro se pasó una mano temblorosa por el rostro.
—Está… en la casa de campo de Valle de Bravo.
Yo fruncí el ceño.
—Esa casa se vendió hace dos años.
Alejandro cerró los ojos.
—No se vendió —murmuró—. La puse a nombre de otra razón social.
Ramiro soltó una maldición entre dientes.
Todo encajó.
Las transferencias.
Las empresas fantasma.
La prisa por vaciar cuentas.
No solo estaba robando dinero.
Estaba buscando algo.
Algo que mi padre había dejado.
Dos horas después, escoltados por agentes y por Ramiro, llegamos a la antigua casa de campo.
Alejandro abrió la puerta con manos torpes.
La casa olía a humedad, polvo… y abandono.
Subimos al despacho principal.
Ahí, detrás de una biblioteca empotrada, había una caja de seguridad antigua.
Alejandro marcó la combinación.
Cuando la puerta metálica se abrió, dentro no solo había documentos.
También había un sobre amarillo con mi nombre, escrito por la mano de mi padre.
Mis dedos temblaron.
Abrí primero la carta.
“Valeria, si estás leyendo esto, significa que yo ya no estoy para protegerte. Por eso debo decirte la verdad que oculté demasiado tiempo…”
Sentí que el aire me faltaba.
Seguí leyendo.
“Construí este grupo para ti. Pero hubo un error que me acompañó durante años. Antes de casarte, investigué a Alejandro y descubrí que su madre había trabajado en una de mis plantas antiguas. Lo que él nunca supo… es que ella tuvo un hijo de un hombre que jamás reconoció su paternidad. Hice pruebas en secreto cuando él entró a la empresa. Valeria… Alejandro no solo no te amaba. Alejandro es mi hijo biológico. Es tu medio hermano.”
El papel se me resbaló entre los dedos.
Todo empezó a dar vueltas.
Ramiro me sostuvo del brazo antes de que cayera.
—¿Qué pasa? —preguntó alarmado.
No podía hablar.
Se lo entregué.
Lo leyó.
Su rostro se vació por completo.
—Dios santo…
Alejandro frunció el ceño.
—¿Qué dice? ¿Qué dice ahí?
Lo miré.
Y por primera vez desde que lo conocí, no vi a mi esposo.
Vi a un extraño.
A un hombre que había entrado en nuestra vida con hambre, con ambición… sin saber siquiera quién era realmente.
Ramiro leyó en voz alta la parte esencial.
Alejandro retrocedió como si le hubieran disparado.
—No… no… eso es mentira…
—También están los resultados de laboratorio —dije, señalando la caja.
Había un expediente sellado.
Prueba genética.
Firmas.
Fechas.
Todo.
Alejandro lo abrió desesperado, leyendo una y otra vez hasta que las hojas empezaron a temblarle entre las manos.
—No… no… no…
Camila, que había insistido en seguirnos y ahora estaba parada en la puerta del despacho, soltó un grito ahogado.
—¿Tu esposa era tu hermana?
Nadie respondió.
Yo sentía náuseas.
Rabia.
Asco.
Dolor.