Entonces levanté la mano.
Las puertas del comedor se abrieron de golpe.
Entraron tres personas: el licenciado Ramiro Salas, dos auditores externos… y detrás de ellos, cuatro agentes de la policía de investigación.
El rostro de Alejandro se desmoronó.
—Valeria, por favor, no hagas esto aquí…
—¿Aquí no? —sonreí apenas—. Curioso. Ayer tampoco te importó humillarme aquí.
Ramiro avanzó, abrió una carpeta y habló con voz firme:
—Señor Alejandro Fuentes, por instrucción del consejo extraordinario convocado esta madrugada, queda usted suspendido de todas sus funciones ejecutivas. Además, existe una denuncia formal por fraude corporativo, desvío de recursos, abuso de confianza y uso de empresas fantasma para la extracción ilegal de fondos del grupo.
Camila comenzó a temblar.
—No… no… esto debe ser un error…
Ramiro ni siquiera la miró.
—Y usted, señorita Camila Rivas, queda incluida en la investigación por complicidad, agresión física dentro de instalaciones corporativas y posible participación en operaciones financieras irregulares mediante familiares directos.
Camila giró hacia Alejandro como si esperara que él la salvara.
—¡Diles algo! ¡Tú dijiste que todo estaba cubierto! ¡Tú dijiste que ella era una estúpida que no sabía nada!
Fue como ver cómo una cuerda se rompía.
Los ojos de todos pasaron de Camila a Alejandro.
Y Alejandro entendió, demasiado tarde, que la mujer por la que había traicionado su vida acababa de enterrarlo con sus propias manos.
—¡Cállate! —gritó él.
—¿Que me calle? —chilló Camila, fuera de sí—. ¡Me prometiste matrimonio! ¡Me prometiste la presidencia cuando te deshicieras de ella! ¡Hasta me dijiste que los documentos viejos del fundador ya estaban destruidos!
Aquella frase lo cambió todo.
Sentí que mi espalda se endurecía.
—¿Qué documentos? —pregunté.
Alejandro se quedó inmóvil.
Camila se llevó una mano a la boca, como si acabara de darse cuenta de lo que había dicho.
Yo avancé un paso.
—Contesta.
Él tragó saliva.
—Valeria… escucha… tu padre… antes de morir… dejó algunos papeles, pero ya no tenían validez…
—Contesta bien.
Ramiro levantó la vista de golpe.
—¿De qué papeles está hablando?
Alejandro bajó los ojos.
Y entonces, por primera vez desde que todo había empezado, vi algo real en él.
Miedo.
No el miedo de perder dinero.
No el miedo de perder el cargo.
Sino el miedo de que saliera a la luz algo mucho peor.
Yo lo supe antes de que hablara.
Lo sentí en el pecho.
Como un golpe frío.
—Mi padre dejó una cláusula sucesoria privada, ¿verdad? —dije, casi en un susurro.
Alejandro no respondió.
Ramiro se tensó.
—Valeria… tu papá me mencionó una vez que había un anexo testamentario, pero nunca me lo entregó personalmente. Dijo que estaba resguardado en una caja fuera de la empresa.
Miré a Alejandro.
—¿Dónde está?
Él siguió callado.
Entonces uno de los agentes dio un paso adelante.
—Señor, será mejor que coopere.
Alejandro se pasó una mano temblorosa por el rostro.
—Está… en la casa de campo de Valle de Bravo.
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