La puerta se abrió de golpe.
Un haz de linterna cortó la oscuridad.
—¡No se muevan!
Pero en ese mismo segundo, Michael empujó la estantería.
Una parte de la pared giró en silencio, revelando una abertura estrecha y oscura.
Un túnel.
—¡Ya! —me siseó.
Me metí primero, arrastrándome; el aire estaba frío y húmedo. Michael se deslizó detrás de mí y giró la pared de vuelta justo cuando la linterna barría el sótano.
Oímos insultos.
—¡¿A dónde demonios se fueron?!
Nos agachamos dentro del pasadizo angosto.
—¿Construiste un túnel y nunca me lo dijiste? —susurré.
—Es más que un túnel —respondió.
El pasaje desembocaba en un cuartito de concreto.
Me quedé helada.
Había una linterna fija en la pared. Cajas metálicas de almacenamiento. Agua. Un botiquín. Una radio vieja. Y una caja fuerte empotrada.
Una habitación de pánico.
—Después del asalto a una casa en el vecindario hace años —dijo Michael en voz baja—, me asusté. ¿Recuerdas a los vecinos que ataron dentro de su propia casa?
Lo recordaba.
Solo que nunca supe que él había llegado tan lejos.
Arriba, los pasos seguían.
Entonces escuchamos la voz de Ryan.
—¡No pudieron simplemente desaparecer!
Sentí que se me helaba la sangre.
—¿De verdad hizo esto? —susurré.
Michael dudó.
—No creo que quisiera que llegara tan lejos.
Antes de que pudiera explicar—
Un golpe arriba.
Luego gritos:
—¡Policía! ¡Todos al suelo!
Disparos.
Y después, silencio.
La verdad
Minutos después, reabrimos la pared oculta.
Las luces del sótano estaban encendidas.
Dos agentes de policía estaban allí, con las armas ya bajas al vernos.
Ryan bajó corriendo, pálido, con los ojos rojos.
—¡Mamá!
Yo lo aparté.
—¡No me toques! ¡Esto es culpa tuya!
Él se quebró.