Mis padres tiraron mi invitación de boda hasta que me vieron caminar hacia el altar.

 

Mis votos fueron sencillos: “James, estructuralmente hablando, eres el único fundamento que nunca ha fallado”.

No miré hacia atrás, a Oklahoma. Miré hacia el mar. Por primera vez, no intentaba tender puentes para quienes no querían cruzarlos. Finalmente, pisaba tierra firme. La mía.

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