Me alejé del espejo y caminé hacia el armario.
Mis ojos recorrieron lentamente la percha.
No había seda marfil.
No había encaje. Textilesy telas no tejidas
En lugar de mi vestido soñado colgaba una pesadilla hecha con telas baratas.
Una camisa amarilla y roja con rayas brillantes.
Un enorme pantalón de lunares.
Tirantes verde neón.
Una peluca de cabello multicolor.
Y en el fondo de la bolsa, una nariz roja de espuma junto a unos enormes zapatos de plástico.
Mis tres damas de honor se quedaron inmóviles.
La habitación quedó completamente en silencio.
Sentí un vacío abrirse en mi pecho.
Entonces algo subió por mi garganta.
No era un llanto.
No era un grito.
Era una carcajada.
Una risa seca e incrédula.
Porque sabía perfectamente quién había hecho aquello.
Patricia Montgomery.
Mi futura suegra.
Una mujer criada entre dinero antiguo, clubes exclusivos y una convicción absoluta de que era mejor que todos los demás.
Desde el día en que conocí a Daniel Montgomery en una gala benéfica cuatro años atrás, Patricia dejó claro cuánto me despreciaba.
Yo era Emma Harrison.
Mi padre era profesor de historia en secundaria.
Mi madre era enfermera.
No éramos ricos.
Éramos una familia normal.
Trabajé en dos empleos para pagar la universidad.