Mi suegra me empujó escaleras abajo estando yo embarazada de nueve meses. Creyó que podía borrar a mi bebé y reemplazarme por una esposa rica… pero nunca imaginó quién era realmente su propio hijo.
Mi sangre.
—También… —Lupita bajó la voz—. Había cámaras en la casa, ¿verdad? Porque cuando la policía preguntó, la señora dijo que no servían desde hace meses.
Cámaras.
Recordé a Diego instalando discretamente unos sensores nuevos en el pasillo, semanas antes. Me dijo que eran por seguridad, porque el personal entraba y salía demasiado. Doña Rebeca se burló de él: “Ni para eso sirves, pareces velador.”
Pero Diego no era torpe. Diego guardaba silencios como quien guarda llaves.
Más tarde, escuché voces afuera. La de mi suegra. La de un hombre que no conocía. Y la de Valeria, suave, casi divertida.
—¿Y si el niño vive? —preguntó ella.
Doña Rebeca respondió sin titubear:
—Entonces tendremos que asegurarnos de que Mariana no firme nada.
Firma.
Me quedé helada.
¿Nada de qué?
Lupita entró minutos después con una carpeta médica, pero entre las hojas había una copia borrosa de un documento que alguien había intentado retirar de mi expediente: una autorización para trasladarme a otra clínica, firmada supuestamente por mí.
Solo que la firma no era mía.
Y al pie, como contacto responsable, aparecía el nombre que me quitó el último resto de sueño:
Valeria Ibarra.