Una segunda contracción la obligó a apoyarse en la mesa.
El vaso de agua de hibisco se le resbaló de la mano y se hizo añicos en el suelo. Levantó la vista, esperando horror, compasión, cualquier reacción humana. En cambio, vio irritación.
—No montes este espectáculo hoy —dijo Brenda, sin dejar de mirar el teléfono—. Qué conveniente.
—No es un espectáculo —dijo Mariana con la voz quebrada—. Me duele muchísimo. Creo que ya empezó.
Leonor rió, una risa corta y forzada. —No eres la primera mujer del mundo en dar a luz. Tu médico dijo que tardarías un rato. El problema es que odias la idea de que nos vayamos a divertirnos.
Mariana buscó a Esteban con la mirada. Una parte ingenua de ella aún esperaba que reaccionara, que les dijera que se callaran, que la ayudara a levantarse, que llamara al médico, que hiciera algo que su marido debería haber hecho. Pero Esteban no se movió. Se ajustó el reloj. Desvió la mirada. Suspiró, como si ella fuera la causante de su tormento.
—Mariana, cariño, respira —dijo, sin acercarse—. Solo es práctica. Entra y descansa. Ya hemos pagado todo. Volveremos en seis días; el tiempo volará.
—Volar—así llamaba Esteban a esos seis días.
Entonces Mariana sintió un chorro cálido entre las piernas. Vio cómo se le mojaba el vestido, formando un charco sobre la piedra pulida. No necesitaba más explicaciones. Había roto aguas.
—Esteban —dijo, intentando incorporarse—. He roto aguas. Te lo ruego. Llévame al hospital. Llama a una ambulancia. Te lo suplico.
En ese momento, sonó una bocina afuera. La furgoneta se detuvo. Leonor se giró impaciente hacia la puerta. —Ya llegaron. Muévanse. No voy a perder mi reserva por un capricho. Si de verdad quiere ayudarla, que tome un taxi.
—Exacto —murmuró Brenda, arrastrando su maleta—. No le faltan talentos.
Esteban la miró un segundo, mientras se retorcía de dolor. Solo un segundo. Pero en ese segundo, Mariana comprendió lo que se había negado a ver durante tres años. No estaba casada con un hombre perdido. Estaba casada con un cobarde, criado para obedecer a su madre y sacrificar a cualquiera con tal de no desobedecerla. Su hijo aún no había nacido, y él ya estaba eligiendo no estar con él.
—Perdóname, Mari —susurró finalmente, con la mirada fija en el suelo—. No quiero problemas ahora. Cuídate.
Agarró la última maleta y se marchó.
Mariana se quedó paralizada. No por el dolor. No por el miedo. Por la claridad. Les había dado una casa, tarjetas de crédito, viajes, prestigio, inversiones, una paciencia infinita. Pagó los muebles que ostentaban, las cenas que publicaban en internet, la ropa que nunca reconocían. Los mantenía como si fueran sus propios hijos. Y cuando de verdad necesitaba ayuda —ayuda de vida o muerte— la abandonaron.
La voz de Leonor, afilada como un cuchillo, llegó desde el pasillo. «Cierra bien la puerta, Esteban. No queremos que se le ocurra armar un escándalo en el aeropuerto».
La primera llave giró. Luego la segunda.
La encerraron.
En el silencio de la casa, Mariana se dio cuenta de que no solo la abandonaban. La condenaban. Su teléfono yacía sobre la cómoda a unos metros de distancia, las llaves habían desaparecido y el personal se había ido porque Leonor los había despedido antes de tiempo «para que pudieran irse en paz». Mariana se desplomó de lado sobre el frío suelo. Por un instante, sintió ganas de rendirse. De cerrar los ojos. De desaparecer. Pero entonces el bebé se movió dentro de ella: una patada fuerte y obstinada, como si desde lo más profundo le dijera que no se rindiera.
Así que empezó a gatear.
Los cuatro metros que la separaban del teléfono le parecieron kilómetros. Cada contracción le robaba el aliento. Sus manos resbalaban por el suelo mojado. El vestido se le pegaba a los muslos. Se mordió el labio hasta saborear la sangre. Dejaba un rastro tras de sí como un animal herido. Le dolía el cuerpo, y también su dignidad, pero cuando luchas por la vida de un niño, no hay lugar para el orgullo.
Finalmente, cogió su teléfono. La pantalla se iluminó con una foto de su boda: Mariana sonriendo, Esteban mirándola como si la adorara. Por un instante, pensó en destrozar el teléfono, pero en vez de eso marcó el 911.
“Ayuda de emergencia”.
“Estoy atascada”, jadeó. “Estoy de parto… por favor… Lomas del Campanario… Misión de la Cañada 14…”
La operadora empezó a darle instrucciones, pero otra contracción la hizo doblarse de dolor. Apenas pudo confirmar la dirección. Entonces encontró otro número, uno que se sabía de memoria. Julia. Su mejor amiga de la universidad. Una abogada: tenaz, serena y con un gran corazón. Una de esas mujeres que se adentran en el caos y lo transforman en estrategia.
Contestó al primer timbrazo. “¿Mariana?”
El simple sonido de su voz hizo que Mariana rompiera a llorar.
“Julia… me encerraron… Esteban se fue con su madre… Estoy a punto de dar a luz…”
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