No me molesté en saludarlo. “Anoche estuviste en la habitación de Sam”.
Silencio.
Luego exhaló. “Pusiste una cámara allí”.
Todo mi cuerpo se puso rígido. “No tenías derecho a estar en mi casa”.
“Aún tenía la llave”, dijo, como si eso explicara algo.
Me levanté tan deprisa que mi silla rozó el suelo. “Darren, ¿qué clase de respuesta es ésa? Nuestro hijo lleva semanas aterrorizado. No paraba de decirme que alguien le vigilaba por la noche, y que eras tú”.
Volvió a quedarse callado. Cuando habló, su tono había perdido el filo. “Nunca quise asustarlo”.
Se me hizo un nudo en la garganta de rabia.
“Entonces, ¿qué pretendías?”.
“Sólo quería verlo”.
Aquella respuesta rompió algo dentro de mí. “Podrías habérmelo pedido”.
“Sabía lo que dirías”.
“Sí”, espeté. “Habría dicho que no a que te colaras en su habitación en mitad de la noche. Evidentemente”.
Hizo un sonido cansado y frustrado. “Lara, por favor. No conviertas esto en algo retorcido”.
Me reí una vez, y me salió temblorosa.