Cuando mi hija cumplió 21 años, me dio una noticia que jamás esperé escuchar.
—Mamá, me voy a casar.
Al principio me emocioné. Pero cuando me presentó a su prometido, me quedé sin palabras.
Era un joven coreano al que había conocido durante un programa de intercambio universitario.
Aunque fue amable y respetuoso desde el primer día, no pude evitar preocuparme. Veníamos de culturas diferentes, hablábamos idiomas distintos y habíamos crecido con costumbres completamente opuestas.
Intenté convencerla de que esperara.
—Eres demasiado joven —le decía—. No sabes lo difícil que será.
Pero ella estaba segura de su decisión.
Meses después se celebró la boda.
Mientras los veía intercambiar sus votos, sonriendo como si fueran las únicas dos personas en el mundo, una parte de mí seguía pensando que aquel matrimonio no duraría mucho tiempo.
Los primeros años fueron difíciles.
Tuvieron que aprender a convivir con diferencias culturales, tradiciones familiares y formas distintas de ver algunas situaciones cotidianas.
Sin embargo, cada problema parecía hacerlos más fuertes.
Cuando uno no entendía algo, el otro escuchaba.
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