Por un instante, el mundo entero pareció detenerse.
Yo estaba junto a la entrada de la Sala de Emergencias Número Dos, con el estetoscopio colgado del cuello y una mano apoyada instintivamente sobre mi vientre.
Tenía siete meses de embarazo.
Y ese bebé era suyo.
Durante siete largos meses no había sabido nada de él.
Ni una llamada.
Ni un mensaje.
Ni una sola pregunta.
Ahora estaba allí, a pocos metros de distancia.
Y el destino había elegido el peor momento posible para reunirnos.