—Tápate esos golpes antes de que llegue mi mamá —dijo Alejandro, dejando una bolsa de maquillaje junto al lavabo—. Y sonríe. No quiero dramas en mi propia casa.
La bolsa cayó al lado del labio partido de Mariana como una burla envuelta en papel rosa.
Ella estaba sentada en el piso frío del baño, con una toalla manchada de sangre entre las manos. La luz de la mañana entraba por la ventana y no perdonaba nada: el ojo derecho hinchado, el pómulo morado, las marcas de dedos en el brazo y ese ardor profundo en las costillas que le recordaba cada segundo de la noche anterior.
Su único delito había sido decir:
—Tu mamá no va a vivir aquí.
Alejandro, que frente a todos era amable, elegante y hasta encantador, había cerrado la puerta de la recámara con una calma horrible. Después la tomó del brazo, la empujó contra el tocador y le dijo que estaba cansado de sus berrinches. Cuando Mariana intentó salir, él la jaló de nuevo.
—Mi madre merece respeto —le había escupido.
Luego vinieron el golpe, el grito ahogado, el miedo.
Y después, lo peor: Alejandro se lavó las manos, se puso pijama y se acostó como si nada. Durmió toda la noche bajo el ventilador del techo que Mariana había pagado, en la cama que Mariana había elegido, dentro de la casa que jamás había sido de él.
Ahora estaba ahí, impecable, con camisa blanca planchada, perfume caro y esa sonrisa que usaba cuando quería convencer al mundo de que era un buen esposo.
—Mi mamá quiere la suite de abajo —continuó—. Ya le dije que puede traer sus muebles esta tarde.
Mariana levantó la mirada hacia el espejo.
—¿Le dijiste eso sin preguntarme?
Alejandro soltó una risa baja.
—No empieces otra vez. Estás muy sensible. Siempre haces todo más grande de lo que es.
Ella no contestó.
Durante 3 años, su suegra, Graciela, había entrado y salido de esa casa como si fuera la dueña. Criticaba las cortinas, movía los adornos, revisaba la despensa y decía frases como:
—Una mujer sin familia debería agradecer que alguien la haya aceptado.
Mariana había quedado huérfana a los 24 años. Su padre, don Esteban Rivas, le dejó una casa frente al lago en Valle de Bravo, 2 edificios de renta en Toluca y una cuenta familiar administrada por un fideicomiso. Alejandro nunca preguntó demasiado. Solo aprendió a decir “nuestras propiedades” en las comidas con sus amigos.