No con rabia. Con cuidado. Como quien se saca astillas del alma.
Esa noche, en el balcón de mi casa, tomé la mano de Alejandro. Todavía deseaba que hubiera existido otra forma. Pero no siempre la verdad llega suave. A veces entra gritando, rompe una fiesta y obliga a todos a mirar.
Una mentira de treinta mil dólares casi compró un niño robado.
Y mi familia aprendió, demasiado tarde, que amar a alguien no significa ayudarle a esconder sus monstruos.